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obstinadamente el blog menos leído del internet

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27.9.10

El Universo T


arantino me encanta. La firma de este gringo de amplia frente me da a priori la garantía de calidad que es necesaria para empezar a adorar a un director por sobre sus obras. En el cine detesto los disparos, me dan náuseas los ríos de sangre y vértigo las persecuciones a alta velocidad; la Santísima Trinidad hollywoodense. Pero a Quentin Tarantino no solo le tolero estos artificios si no que casi se los exijo. No conozco de otro director que logre presentar la ultraviolencia (a excepción de Kubrick en La Naranja Mecánica. Sólo en esa, porque en Full Metal Jacket sí padecí, aunque no deja de ser un peliculón) de una manera tan fresca y espontánea. Como quien no quiere la cosa, Tarantino hace malabares con armas, heridas y muertes, y termina en las antípodas de la hostilidad y la rudeza. Es tan intensivo el uso de la violencia en sus obras que llega al punto en el que al espectador sólo le quedan dos reacciones posibles, las arcadas o las carcajadas, y con una elegancia para nada despreciable él logra siempre llevarnos hasta estas últimas. La violencia se pasea por el universo T como una juguetona y jovial ninfa, siempre dispuesta a la broma, y no como las terribles y graves gorgonas a las que recurren la mayoría de películas; no sé por qué se me viene a la mente Saw… No sabría precisar el por qué de esta diferencia; tal vez en esa ignorancia resida el motivo de mi afición; pero, aunque con mucho riesgo a equivocarme, me aventuraría a decir que todo se debe a la personalidad del director. Creo ver en Tarantino, a través de sus películas, la sanísima costumbre de reírse de uno mismo. Y aquí entra, por fin, el motivo originario de esta perorata; la última película que vi: El Mariachi, la producción mexicana. Una película tarantiniana a carta cabal. Tanto lo es, que el ya citado director filmaría años más tarde su propia versión de la misma. Si una película tiene actuaciones forzadas, un guión forzado y un final forzado, forzosamente pensaríamos que se trata de un pésimo trabajo. Mas no. No, no, no. Esto no se aplica con El Mariachi. Sin ser una joya indispensable del cine mundial, es mucho más potable que un sinnúmero de películas de mayor presupuesto. De hecho, me fascinó. ¿Cuál es la clave? Lo ya dicho anteriormente: el saber reírse de uno mismo. El conocer las propias limitaciones y no esconderlas con vergüenza si no explorarlas y sacar lo que de potencialmente bueno haya en ellas. Como Ícaro, las obras se pierden por tratar de ser lo que no son. Se intenta encuadrar en Comedia películas sosas, películas predecibles dentro de suspenso; y causan más rebulicio con esas nebulosas clasificaciones mixtas del tipo drama-comedia, suspenso-aventura, etc. Alas de cera, todas. Estoy convencido de que el director de El Mariachi no estaba pensando cómo definir su película. De seguro que el director de El Mariachi estaba gozando su trabajo, a pesar de estar consciente de sus falencias. Y esa honestidad yo la agradezco, y me imagino que Tarantino hizo lo propio en su momento. El hecho de que un director de su talento (a nadie le sale Pulp Fiction por error) tome elementos del “otro” cine, de aquel cine hasta cierto punto guerrillero por irregular y marginal, me parece de una audacia admirable. Podría ser mal visto como un plagio, pero sin duda Tarantino salva su pellejo por la gratitud que no ha ocultado hacia las películas de bajo presupuesto. El conjunto de su obra me parece un justo homenaje al cine clase B, relegado actualmente por las cadenas de salas que extinguieron al cine de barrio. Hay un afán lúdico y una jovialidad inmortal en su trabajo. Alguien dijo: “No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella.”. Tal vez sin saberlo Tarantino es fiel discípulo de esta máxima, y en su formación como persona y como creador no es poco el papel que jugaron películas como El Mariachi. Razón de más para verla, ¿no?

10.9.10

La muerte de don Rodrigo


entro de quince minutos el reloj de la pared marcaría las diez de la noche, la hora escogida para dar formal inicio a la ceremonia. Dos escuetos arreglos florales flanqueaban el cajón y procuraban darle color a una más bien pálida y desolada habitación. Solo los familiares y amigos más cercanos se encontraban ya en la sala, paseando sus ropas negras y obligadamente cariacontecidos. No eran muchos, por cierto, ya que don Rodrigo no era exactamente una persona popular. Personificación del burócrata promedio, había quemado su vida en un cubículo de dos por dos que lo entronaba como subjefe de alguna impotente sección de la función judicial. Ignorado por sus superiores, detestado por sus dos o tres subalternos (que lo habían honrado con el nobiliario “don” tan solo para no recordarle su título de doctor, que por innúmeras perradas de la vida nunca pudo ejercer); don Rodrigo navegaba a la deriva en su consciente ridiculez y una incipiente obesidad. Con un currículo como este, no fueron pocos los que pensaron que su muerte era la primera cosa positiva que le pasaba. Lástima que seamos objetos de una sola vida.


-¡Ya vienen! ¡Ya vienen!-dijo Irmita, la eterna compañera de chismes de Rosita, la viuda.
Sin poder disimular enteramente la sorpresa de que llegue gente, Rosita se dirigió a ocupar su puesto de mujer del difunto, a escasos metros del ataúd. Los misentidopésames, los losientomuchos, los estáenunlugarmejor, y todas las frases hechas que se inventaron para darnos una mano a los que nunca sabemos qué decir en ese tipo de circunstancias, llenaron el espacio de esos abrazos vacíos. Media hora después, y de acuerdo al plan, llegó el cura para dirigir los rezos. Por pedido especial de la hermana del finado, Rocío, de ocho añitos, sobrina de don Rodrigo, iba a tocar la guitarra para acompañar los cánticos. Desde el taburete que le serviría de altar en la fugaz ceremonia, el cura pudo comprobar la heterogeneidad etaria de los asistentes. Eran trece personas, desde los seis años hasta los setenta. Divididos por edades cada grupo tenía su entretenimiento. Los mayores, más formales, se encargaban de asistir a la viuda, que, para sorpresa de todos (y de nadie), parecía no darse por enterada del suceso y con mirada serena guardaba silencio. De los jóvenes, los niños jugaban apocadamente y los mayorcitos se conocían entre sí.
-Hijos míos-dijo el cura, intentando meter orden en esta ceremonia que se parecía cada vez menos a un velorio-vamos a rezar por el alma de nuestro hermano Rodrigo, que hoy ha partido para encontrarse con…
Veinte minutos duró la misa, siempre pegada a la norma tácita del “no hay muerto malo”. Los talentos de Rocío con la guitarra no fueron los suficientes para que, rasgándola, humedeciera los ojos de algún asistente. Acabada la misa los niños salieron en estampida hacia el patio a jugar, probando un poquito de la noche que los adultos les suelen negar con sus horarios para ir a la cama. Los jóvenes, de igual forma, rehuyendo a la rigidez obligatoria fueron a refugiar su espontaneidad bajo la sombra nocturna del árbol del jardín. Es fácil la labor para todos cuando la viuda llora desconsoladamente. La receta del médico dice; abrazarla, darle un té y llevarla a que tome aire. Rosita acababa de perder al hombre con el que había estado unida y que había amado por más de cuarenta años y por mucho menos de cuarenta, respectivamente, y en su rostro despejado no se veía la menor contrariedad. Ninguno de los presentes sabía muy bien cómo proceder. Al ser familiares y amigos cercanos sentían la obligación de estar tristes, pero sincerándose secretamente descubrían lo muy poco que los movía la muerte de don Rodrigo. La misma actitud de la viuda era una especie de licencia para con ellos mismos. Al principio forzadamente, pero luego con una naturalidad creciente, la conversación fue derivando a temas cada vez más banales. Por igual, el volumen de las voces, que empezaron como tibios murmullos, terminó sobrepasando el nivel de la normalidad. El olor de las flores fue tapado por el de café con ron que felizmente alguien preparó, y con esto el último recuerdo abandonó a don Rodrigo, en esa su noche póstuma.

-¡Que viva el muerto!
Fue el aguardentoso grito de Gonzalo, Gonzalito, el borracho a tiempo completo de la casa de al frente. Borracho perdido pero querido por todos. Jamás una pelea, nada de obscenidades con las mujeres que pasaban por la calle; era además el diario amoroso de muchos jóvenes que entre las rondas que él siempre pagaba le iban justificando cada lágrima.
-Siéntese don Gonzalo, tómese un cafecito.-se acercó hacendosa Irmita.
Nadie le había dicho nada pero al enterarse por terceros, y seguro de que en toda reunión tenía que haber alcohol, se dirigió lo menos zigzagueantemente posible al velorio. Una vez seca la taza de café cogió con sus trémulas manos la guitarra. No eran ni siquiera acordes lo que Gonzalo empezó a tocar, hasta que alguien le gritó:
-¡Tócate una de las tuyas Gonzalito!
Si ya ni usted, lector, se acuerda de don Rodrigo, mucho peor se iban a acordar ellos, cuando Gonzalo luego de treinta segundos de silencio, comenzó con el que, según sus amigos, sería su concierto más memorable. Solo los niños dormían rendidos en las pocas sillas libres que había. Los jóvenes, ya hechos amigos y más que amigos, vibraban al igual que los mayores con la música. La concurrencia se había casi duplicado gracias a todos aquellos pasantes trasnochados y curiosos que se sumaban a la extraña celebración. En el abrupto final de la cuarta canción Gonzalo posó la guitarra en el piso y dijo:
-Tengo sed.
Como palabras salidas de la boca de un gran jeque árabe, alrededor de diez personas se levantaron en el acto y fueron en búsqueda del único templo que está abierto las veinticuatro horas: una licorería. Volvieron cargados de botellas que las depositaron como ofrendas a los pies de Gonzalo. Lubricadas las gargantas de todos, la interpretación de Gonzalito se hacía más desgarradora, los coros de los asistentes más destemplados pero más sentidos y los besos y abrazos de las parejas ad hoc más ardientes cada vez. Los ramos de flores, antiguos guardianes del cuerpo de Rodrigo, fueron saqueados por hordas de súbitos Abelardos y Eloísas, sedientos por dejarle votos al amor y la pasión. Algunas parejas iban descontándose poco a poco, buscando para amarse un lugar que se preste. Y la sobrina mayor del finado, Carmen, de 37 años, siempre soltera pero nunca sola, no fue la excepción; enrollándose con un hombre que llegó sin saludar y se fue sin despedirse, y del que nadie, salvo ella, supo el nombre. Los egos y las hombrías infladas por el licor; como las pétreas nubes que al chocar encienden un rayo; sacaron a relucir los puños y en unos pocos rounds se curaron viejas heridas, abriendo nuevas pero de carácter más fugaz. Así fueron cayendo los últimos sobrevivientes de aquella orgía de alcohol, música y sentimientos exaltados. Sólo Gonzalo, viejo zorro entrenado en estos lances, estaba de pie cuando a las seis de la mañana llegó la carroza fúnebre. Con la ayuda de una desaliñada Rosita y de algunos niños que se habían levantado ya, fueron despertando uno a uno a los cuerpos que iban encontrando por toda la casa. Tras haber pagado un extra al joven de la carroza por su promesa de olvidar lo visto en la casa ese día, embarcaron a don Rodrigo en el carro y salieron, los que pudieron, en silenciosa procesión con la mirada gacha por el peso de la noche anterior. Lo que nadie pudo ver fue la sonrisa escondida que todos y cada uno de ellos llevaba en sus labios a pesar de la vergüenza que su consciencia los obligaba a sentir. Muchos se quedaron en la casa, unos reconociendo recién la persona a la que amanecían abrazados, otros reconstruyendo el por qué de sus moretones o de sus dientes faltantes. Se fueron yendo a medida que se iban despertando, algunos con promesas de volverse a ver.

Dicen los vecinos de otros barrios que vieron pasar la procesión, que nunca habían visto un grupo de gente tan abatida y de aspecto tan penoso como aquel que acompañaba al muerto aquella vez; todos iban con la mirada clavada al suelo. Se nota que le querían al señor, que en paz descanse.

31.7.10

El gay David


o es secreto para nadie que en el mundo antiguo, me refiero al anterior a la aparición del catolicismo como tal, la bisexualidad se vivía de forma plena y abierta, sin pudores, y hasta constituía un distintivo de clase. En la antigua Grecia eran solo los pudientes quienes podían convertirse en erastés y costearse un jovencito erómeno. Para más ejemplos esclarecedores sobre la difusión de la homosexualidad basta ojear cualquier obra del Marqués de Sade. El principal responsable de la satanización de la sexualidad en general, y con mayor ahínco de la homosexualidad, fue la Iglesia Católica. En la zona de Medio Oriente, los descendientes de Abraham no eran extraños a esta libertad sexual. Lo explícito de las prohibiciones y el número de las mismas que en la Biblia impone Yavé con referencia al encuentro sexual entre individuos del mismo género, nos dan una idea de lo difundido de esta práctica. El caso más conocido es el de Sodoma, ciudad en la cual sus habitantes intentaron violar a los enviados de Yavé en la casa de Lot. Una historia idéntica se repite en la ciudad de Guibea, con un levita que va de paso por la ciudad (Jueces 19). Estos dos son casos explícitos, pecaminosos según el dogma, y se los podría considerar impropios para las “sagradas escrituras”, pero es claro que el Vaticano las ha dejado ahí a lo largo de todas sus revisiones de la Biblia para desmotivar este tipo de conductas. Pero hay un caso de homosexualidad que se presenta de forma velada, con toda la intención de que pase desapercibido, e involucra al que tal vez sea la figura máxima del Antiguo Testamento.
En aquel tiempo en Israel había un rey, Saúl, ungido por el sacerdote Samuel por orden directa de Yavé, que a su vez obedecía el mandato de su pueblo que le pedía un hombre para ocupar esa dignidad. Samuel se mostró contrario a esta exigencia por considerarla una afrenta a la autoridad divina, pero intervino Yavé y aplacó su ánimo prometiéndole terribles castigos para Israel con el nombramiento de Saúl. El rey fue al principio un favorecido de los cielos, pero estos; fieles a su costumbre de hacer caer a los mortales para luego castigarlos por eso mismo; lo hicieron desobedecer una de sus órdenes (1 Samuel 15). Con esto Saúl cayó en desgracia ante la deidad y esta le anunció la llegada de su sucesor. Se comunicó con Samuel y le indicó quién debía ser el nuevo líder de las huestes de Israel. El favorecido fue un pastor de ovejas, el menor de los hijos de Jesé, natural de Belén. Se llamaba David, famoso luego por vencer al gigante filisteo Goliat. Atraído por este nombre que se iba forjando David, Jonatán, el hijo de Saúl, se acercó a él y “comenzó a quererlo como a sí mismo” (1 Samuel 18:1). Si uno compara esta relación de “amistad”, que ha sido llamada platónica por la Iglesia, con las otras de la Biblia va a notar que la familiaridad del trato de los personajes no es habitual. A la sociedad israelita de aquel entonces se la nota más bien parca y distante en su trato, además de sumamente verticalizada. Pero entre David y Jonatán se nota una devoción anormal, que hace al futuro rey cantarle a su amigo lo siguiente, cuando se entera de su muerte: “…tu amistad era para mí más maravilloso que el amor de las mujeres.” (2 Samuel 1:26). (En algunas traducciones leí que en vez de la palabra amistad usan la palabra amor). Pero el pasaje más comprometedor se encuentra en el primer libro de Samuel. Saúl, advertido del peligro que constituía David para su reinado, comienza a perseguirlo y asediarlo. Jonatán descubre las maquinaciones de su padre y se preocupa por la integridad de su amigo, así que corre a avisarle. David huye y se esconde en diferentes ciudades del país. Cuando Jonatán vuelve a interceder por la vida de David su padre explota y le suelta lo siguiente:
“¡Hijo de mujer perdida! ¿Acaso no sé yo que prefieres al hijo de Jesé para confusión tuya y vergüenza de tu perdida madre?” (1 Samuel 20:30)
¿Hijo de mujer perdida? ¿Para confusión tuya y vergüenza de tu madre? Hay que notar que el comportamiento de Jonatán hasta ese entonces era intachable y que no había cometido, abiertamente, ninguna falta que pudiera manchar de vergüenza a su madre. Otro aspecto importante en la cultura israelita era la fatalidad del destino impuesto por Yavé y los castigos que este repartía a la descendencia de los pecadores. Siendo la madre de Jonatán una “mujer perdida” no sería extraño que Yavé la hubiera “castigado” con un hijo homosexual, orientación que era toda una afrenta para las nuevas leyes de Israel. Al decir “confusión tuya”, estaría dando a entender que Jonatán equivoca el camino, que se decanta por las antiguas leyes de los dioses de antaño que eran más liberales en materia sexual que aquellas que Yavé estableció en el Levítico y el Deuteronomio. En tiempos antiguos era habitual que la subordinación militar se tradujera también en subordinación sexual, y era normal que un general tuviese entre sus inferiores a su amante o amado. De hecho, hay teorías que dicen que la palabra esclavo en la Biblia ha sido mal traducida a propósito, restándole las connotaciones de sumisión sexual que traía consigo. David, como general máximo de las tropas de Israel, tenía bajo su mando a Jonatán.
Según el dogma David es el esbozo de lo que será Jesús en el Nuevo Testamento. Es el Rey de Israel por excelencia, nacido en Belén y antecesor directo de Jesús, el Rey de toda la Humanidad. Los deslices de David fueron sistemáticamente ignorados por la doctrina y, en la Biblia, por Yavé. Cualquiera que la haya leído puede dar fe de que (con música de Cerati de fondo “…sé que Dios es bipolar…”) Yavé cambia de genio como en Ecuador cambiamos de presidente. Por afrentas similares contra sus leyes destruyó Sodoma, Gomorra e hizo que cayera Guibea, mientras que David goza del favor de toda la cristiandad. Cabe decir además que es un símbolo entre la colectividad cristiana gay, que es grande. Como diría Manuel Calisto en la película Cuando me toque a mí: hasta para entrar al cielo se necesitan palancas.
Amén.

11.7.10

Al sur de la frontera: la historia de un gringo enamorado

Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.
Eduardo Galeano


uando salí de la sala tenía dentro de mí un torbellino. En parte por las poderosas cervezas de 8º de alcohol cada una y además por lo azaroso del tema, no tenía ganas de comentar la película si no de gritarla. Si vas al cine y al salir de la función se inicia un debate sobre lo visto, es porque el director ha logrado su objetivo. Yo salía de ver “Al sur de la frontera” del izquierdoide Oliver Stone, y había, como nunca antes, campo fértil para la discusión. Para los que no sepan de qué demonios estoy hablando, me refiero al último trabajo del citado director. Es un retrato de los líderes latinoamericanos satanizados por los medios de los EEUU. Obviamente la mayor parte del pastel se lo lleva Hugo Chávez, que mal que bien (más mal, a decir verdad) es el más llamativo de todos. Después asoma Evo, con el referente importantísimo de ser (como diría una amiga, finalfuckingmente) el primer indígena al mando de su nación indígena. El resto del show se lo reparten Lula, los Kirchner, Correa, Lugo y Raúl Castro. A Chile ni se lo nombra y creo que esto se debe a que el público al que está dirigida la película es esa masa idiota de gringos víctimas de sus propios medios de comunicación, que creen que al sur de su triste muro no hay más que una horda de salvajes que bailan bien y que con cocos y lanzas quieren revivir Apocalypse Now. Desconozco la opinión que de Chile tengan en los EEUU pero estoy casi seguro de que no puede ser mala. Tal vez sientan ahora el chuchaqui moral de haber sido tan descaradamente pinochetistas y esto los obliga a ser condescendientes.
Como dije, el objetivo es el público gringo, pero a ningún latino le haría mal verla. Es una mirada, si bien no desapasionada, más alejada que la que cualquiera de nosotros podría brindar. Además nos muestra el obtuso punto de vista gringo sobre la situación, por ejemplo con la crasa ignorancia de una rubia presentadora de noticias que creía haber hallado la explicación al problema venezolano con el dato de que Chávez era drogadicto porque masticaba hojas de cocoa. En su ayuda salió su compañero a corregirla y decirle que eran hojas de coca, no de cocoa. Pero ni así lograron dilucidar lo que cualquier niño boliviano analfabeto y desnutrido sabe: que la coca es a la droga lo que la rubia citada a la inteligencia. Tuve que reír para no llorar…
Algo que hay que reprocharle a la película es la idealización de los personajes. Tal vez se deba a que para alguien inmerso en el aburridísimo mundo político estadounidense el despertar latinoamericano sea sencillamente fascinante y trascienda el pensamiento racional. La situación actual de Latinoamérica es única. Unos con políticas serias y otros con discursos populistas y añejos, pero todos con un nuevo objetivo que se llama como nosotros y habla español. La película se centra justamente en esto, la cara bonita de la moneda. Para ver la cara fea nos basta salir a la calle o leer el periódico. Apenas si se nombra la crítica situación de los derechos humanos en Venezuela, pero se recalca que en la misma materia el mayor aliado de los EEUU en el mundo, que es Colombia, está mucho peor. (Si no me creen lean sobre los falsos positivos). A Evo se le perdonan sus declaraciones calvo y homofóbicas. De Lugo no se dice que es parte activa del gremio de quienes son tratados de “padre” por los que no son sus hijos y de “tío” por los que sí lo son. De Correa… Bueno de Correa no se dice casi nada, pero se le da la oportunidad de hacer lo que mejor sabe: hablar. Si los EEUU quieren mantener la Base de Manta, no veo por qué no podríamos nosotros instalar una base ecuatoriana en Miami. Eso dijo, y me confirmó en mi teoría de que Silvio Rodríguez pre visualizaba a Correa cuando escribió sobre la mirada constante, la palabra precisa y la sonrisa perfecta.
La película en EEUU recibió críticas por parcializada. Y sí que lo es, pero no hay que olvidar que la objetividad es un mito, y tampoco veo que el director se haya dejado comprar. Para quienes hayan visto “Fidel”, del mismo Stone; este documental es la extensión al sur del ya citado. Tiene el mismo ritmo, donde los presidentes son los protagonistas y el director lo que hace es guiarlos a las aguas tranquilas de un retrato benévolo pero no proselitista. Michael Moore niega, Oliver Stone afirma. El trabajo de ambos es de lo más saludable para los EEUU y el mundo. Pero como John Lennon perdió la cabeza por Yoko Ono cuando en su muestra vio escrito simplemente “YES” en medio de la ola de negaciones de la sociedad, yo me quedo con Stone. El gringo está enamorado de nosotros. Dejémoslo que viva su idilio.

15.5.10

Salsa en la jungla


orría el año 1974, que los fanáticos del boxeo veían como uno de los más prometedores y excitantes de la historia. George Foreman era el campeón indiscutible de los pesos pesados con un impresionante currículo de KO’s y victorias. Muhammad Ali por su parte acababa de salir de su suspensión por negarse a enrolarse en el ejército estadounidense interventor en Vietnam; tras algunos traspiés iniciales había recuperado su nivel y se encontraba listo para tentar la, para él ya conocida, gloria boxística. El lugar escogido para la hazaña no podía más heterodoxo. Kinshasa, Zaire. Ambos boxeadores eran de raza negra, por lo que los organizadores concibieron este espectáculo como un estrechón de manos en pro de la solidaridad entre los pueblos negros de América y de su nativa África. Obviamente un gesto de esta naturaleza no podía circunscribirse al terreno deportivo, ya que de los más grandes y curiosos (por tanto dignos de ser remarcados) hitos del desarrollo cultural de América son de autoría de ese pueblo que llegó a ahogar su vida en lágrimas y sudor. De esta consideración nació el Festival Zaire 74. 31 grupos musicales. 80000 asistentes. 3 días de música como preámbulo a la pelea del siglo, “The Rumble in the Jungle” como se la había bautizado. Popularmente pasó a ser conocido como el Woodstock negro, y es que los músicos que intervinieron eran en su mayoría afro descendientes. Tocó B.B. King, tocó James Brown, pero el extracto que yo pude ver de este concierto está dedicado a esa constelación llamada La Fania All Stars. Celia Cruz, Cheo Feliciano, Ray Barretto, Johnny Pacheco, Héctor Lavoe y muchos más (desconozco la razón pero faltaba Willie Colón) hicieron volar el Estadio 20 de Mayo en la ahora llamada República Democrática del Congo. Las cámaras muestran la euforia de ese pueblo francófono, seguramente sin entender mucho pero sintiéndolo como solo se hace en tierra caliente, cuando reciben a sus hermanos latinoamericanos. Con una barrera tal, impuesta por el idioma, fue acertadísima la decisión de Celia de abrir con la intrigante Quimbara. La explosividad de los vientos y la percusión, junto con ese estribillo ininteligible se coló enseguida en la gente, que lo coreaba como si estuviese en su lengua. Era en realidad conmovedor ver a los niños africanos con su inmensa sonrisa de marfil bailando y cantando ese ritmo que tal vez era la primera vez que escuchaban. Del africanoide Quimbara pasaron a la cubanísima Guantanamera, claro, con Celia a la voz. A esta canción era difícil que alguien la coree, pero el baile no faltó. Si hay una raza dotada con el ritmo absoluto esa es la negra. De Cuba pasaron a Puerto Rico con Cheo Feliciano y su El ratón. A esas alturas cualquier observador hubiera notado ya que ese muchacho flaquito y desgarbado con aire tímido que hacía los coros era, nada más ni nada menos, que Héctor Lavoe. Después de Cheo le tocó a Héctor, y sacudiéndose toda esa aparente timidez demostró por qué es El Cantante de los Cantantes. Dueño de fuentes inagotables de carisma, terminó rodeado y cargado por la multitud extática al ritmo de Mi gente. Como cierre vino una versión sin Celia de Guantanamera y la consecuente ovación del público, demostrando lo ya archiconfirmado de que en materia de alegría la música es lengua universal.

22.4.10

La muerte del gran escritor


eyendo una recopilación de artículos publicados por Mario Vargas Llosa, un escritor que me fanatiza por lo que escribe pero con el cual discrepo en casi todas sus opiniones, me topé con un texto que amerita esta inocua respuesta. El artículo se llama La muerte del gran escritor, publicado en el español Diario El País. Consta en el libro El lenguaje de la pasión. Lo busqué para ponerlo aquí ya que los juicios (aunque esto dista mucho de serlo) in absentia no son mis favoritos, pero no lo encontré.
Vargas Llosa parte a su vez de un libro de Henri Raczymow que lleva el mismo nombre y plantea que actualmente no existe esa figura monumental del escritor consagrado e idolatrado por toda la sociedad, más específicamente la francesa. Acertadamente Vargas Llosa extiende esta conclusión a todas las sociedades y desdramatizando el lamento de Raczymow afirma que esta situación debería incentivar a los creadores de literatura en vez de conducirlos al suicidio al que el francés parece acercarse. Propone el reto de crear una literatura menos pretenciosa y más divertida para acomodarse a las condiciones actuales. En resumen esto es de lo que se habla en el artículo. No me corresponde a mi tratar el tema que un gigante como es Vargas Llosa ya expuso, por el ineludible riesgo a estropearlo. Así que recomiendo a todo el que le interese que busque el libro y lo disfrute.
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La figura del gran escritor que Raczymow y Vargas Llosa dan por muerto existe aún. ¿Cómo no podría ocupar este sitial el fantástico Gabriel García Márquez? Este colombiano creo que es el más grande escritor de la actualidad, y por sus dimensiones no creo que pierda en nada si se lo compara con monstruos de otras épocas. Que no ocupe el centro absoluto del universo como sus colegas antecesores se debe a la reestructuración del orden mundial y al lugar que a la literatura le tocó ocupar en él, más que a la extinción de esa rarísima y exótica especie (¿ornitológica?) que son los genios de la pluma.
A la literatura le ocurrió lo mismo que a la religión, sólo que por menos tiempo, por lo acelerado del ritmo mundial actual. La religión, por diez siglos, y su sucesora la literatura, por dos, fueron las directoras pasionales, las dueñas de los corazones de la visceral humanidad antigua. Después de su caída el monolítico cuerpo del poder se desparramó en miles de “nuevas vías” alternativas que antes formaban parte de esa “gran vía”, y así es como tenemos infinidad de sectas-religionoides y de corrientes literarias, al punto que hoy en día podría decirse que cada escritor es su propia corriente.
Pero como no hay bien que dure mil años, se les acabó la fiesta a los libros y empezó la de los medios audiovisuales. Son ahora ellos la Q y la K de corazones, por lo cual son sus personajes los que ocupan a la gente de a pie de la manera que antes lo hacían genios del calibre de Víctor Hugo. Tan sólo un ejemplo, compárense los funerales del novelista francés con el del cantante de pop Michael Jackson. Cierto, a los parisinos los movía la devoción por quien tal vez sea el más grande escritor en lengua francesa mientras que los millones de espectadores de todo el mundo y los miles de asistentes a esa repudiable ceremonia pública de despedida del rey del pop, no querían más que tener una morbosa anécdota que contar cuando viejos.
Los dioses han cambiado, los creyentes también. La frivolidad de este cambio es innegable pero previsible. Desde niños sabemos que el dueño del balón es quien pone las reglas. Las pusieron las naciones europeas, reducidas a provincias del imperio cristiano, en la época de la religión. Creo que la conquista de América es ejemplo esclarecedor. Y cuando le tocó el turno a la literatura vino Francia, en cuyo cielo brillaba buena parte de la constelación literaria. El poder actualmente lo ostentan otros, y esos otros no son si no, obviamente, los EEUU. Aquí se nota de nuevo cómo el frenesí al que nos hemos acostumbrado en la vida diaria lo engloba todo y lleva al mundo a cumplir en un santiamén aquel nacer-crecer-reproducirse-morir que antaño tomaba siglos. Como sabemos la potencia de los EEUU está sitiada por crisis y guerras desesperadas, y esto en menos de un siglo de imperio. (Cualquier semejanza con el discurso de un cierto político venezolano es mera coincidencia, añado en mi descargo).
Las reglas del juego de hoy son claras, hasta demasiado claras diría yo. Ser rápido y ser fácil, mandatos divinos de ese orden que ha hecho de una hamburguesa la mejor metáfora del mundo actual. La literatura obviamente no califica dentro de estos parámetros, como no calificó la religión en los durísimos exámenes de raciocinio y lógica que le impuso la literatura. Hago una aclaración que espero sea innecesaria, porque quien lea esto y encuentre obvio lo que voy a decir es quien me está entendiendo de verdad. Al decir literatura me refiero a aquellos textos que no nacen del afán de lucrar, aquellos textos que no diría que son minoritarios actualmente pero sí que han sufrido un ataque inmisericorde de la escritura edulcorada y facilista. Ese ejército de escribidores es la fuerza de choque del poder que se contrapone fieramente a la literatura “auténtica”. Las comillas por la ambigüedad del término. Otra vez me fío de la complicidad del hipotético lector porque es ésta siempre una herramienta más poderosa que la habilidad del más ducho usuario del diccionario.
En efecto, como dice Vargas Llosa, no hay que desgarrarse las vestiduras ni darle a esta situación el patetismo que Raczymow le imprime. De todas maneras, hasta en su época de esplendor la literatura fue privilegio de una élite social que podía pagarla si bien no siempre entenderla. Como la religión fue de nobles que la versionaban y se la vendían al pueblo calculando siempre el beneficio posterior. Y como ahora los ya citados medios audiovisuales pertenecen a grupos multimillonarios obviamente minoritarios, con tan solo contadas y admirables excepciones, como la Radio Bemba. Curiosamente los encumbrados al poder lo han perdido cuando se han democratizado. Cuando, tal vez con afán lúdico, se sacudieron de su elitismo y jugaron a ser pueblo. La Iglesia y posteriormente la Academia fueron maestros sobresalientes que crearon alumnos brillantes que queriendo entrar en ellas las terminaron destruyendo, porque no fue ningún tiranuelo quien acabó con la hegemonía de la literatura ni tampoco ningún hereje con la de la religión. Fueron siempre gente de sus propias filas las encargadas de darles el toque de gracia. El eterno y siempre espinoso parricidio, el método que la humanidad hizo suyo en su afán de ir hacia adelante. Si la ecuación continúa válida, serán las mismas alas alternativas que se mueven subrepticiamente dentro de las instituciones establecidas las encargadas de tumbar al coloso y dejar vía libre para una nueva (ojo, nueva. No mejor, solamente nueva.) estructuración mundial. Pero eso ya es vino de otro barril.

16.4.10

De Julio Cortázar


aldita sea. Acabo de sacar de mi montón de libros uno del inmortal Julio Cortázar que leí hace algunos años ya. De hecho, fue aquel libro el que me desvirgó del excepcional argentino. Tengo la buena o la mala, qué se yo, costumbre de doblar las esquinitas de las páginas donde encuentre algo sobresaliente por revelador, brillante, instigador, ingenioso y/o chistoso. (Costumbre que ha hecho perder a muchos de mis libros su precisa forma rectangular convirtiéndolos en gruesas galletitas mordisqueadas por algún ratón, tal vez de biblioteca. Y eso me hace sentir un poco como un anacrónico y poco hábil estafador, escamoteando retazos de papel y cruzando los dedos para que, por ejemplo, don Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro señor y tasador de un libro de cuyo nombre sí que quiero acordarme, no caiga en que los pliegos con que intento embaucarlo no valen, ay, los tres maravedís y medio con que Su Altísima Majestad me pretende hacer gracia. Volviendo…). Con Cortázar me ocurre algo que con otros escritores no, al menos no con la misma intensidad, y es que siento que estoy acudiendo al newtoniano espectáculo de la difracción de la luz. Me explico. Veo venir la literatura como un haz de luz (en todos los sentidos que esta cojitranca metáfora pueda tomar), llega al cristal-cronopio y a través de él se desparrama en estado puro por todo el abanico de colores-sensaciones. Ya estará dicho que en las páginas del genio argentino se pasean ternura, humor, amor, sensualidad, delirio… Podría agregar a esta lista la firmísima convicción política que le descubrí hace no mucho en su maravillosa obra póstuma que afortunadamente cayó en mis manos, sus Papeles Inesperados. Su obra es un catálogo de sensaciones, de tierras ignotas, exploradas y conquistadas con su incuestionable vocación lúdica del cual no muchos espadachines de la pluma se puedan jactar. Muy de acorde con la vastedad del universo cortazariano, he creado en las páginas deformadas todo un código de dibujitos. Espirales, asteriscos, asteriscos bien, asteriscos como zancudos apachurrados, asteriscos encerrados en una bomba, asteriscos encerrados en una bomba y a su vez en otra más grande junto con el título del cuento, y hasta una bicicleta con dos ciclistas; pretensión casi imperdonable para mí, que con un lápiz soy como sería Walt Whitman frente al Sputnik. La razón de mi maldición primera es justamente esta. ¿Qué diablos significan mis garabatos? Recuerdo que mientras leía abstraía lo que esas líneas me hacían sentir y las traía de vuelta del mundo de las ideas con forma de dibujitos. Y recuerdo que los consideraba completamente descifrables. Pero hoy, años de por medio, ¡no tengo idea de qué significan! Tendré que emprender una minuciosa y retrospectiva relectura e ir uniendo piezas para, por ejemplo, encontrar qué trazo asocié alguna vez a una maravillosa chica que tuve la desgraciada dicha de conocer por diez escasas horas y que me recordaba a aquel distraído y bailarín cronopio que tomó por pista de baile la mitad de la calle. Me toca ahora la labor de descifrarme. Si así llueve que no escampe...

12.4.10

Agnosticismo vs Ateísmo


o son pocas las personas que conozco (y coincidencialmente son de aquel grupo de amigos inteligentes que tanto aprecio) a los que les he escuchado decir lo siguiente: es imposible ser ateo, por la concepción misma de la palabra, ya que todos tenemos al menos la noción de dios y por tanto solo quien desconoce completamente esa idea podría serlo. Por tanto solo un anacoreta perdido en la montaña. Tengo que aceptar que cuando me lo dijeron por primera vez me cogieron desprevenido y me hicieron dudar y mucho. Pero como la duda es el combustible del pensamiento finalmente logré definirme. He aquí en palabras lo que andaba en forma de idea desde aquellos tiempos de colegio.
Me parece que esa negación del ateísmo es ahogarse en un existencialista vaso de agua. Es un problema de nomenclatura y nada más. Estamos limitados por el lenguaje, como alguien que no recuerdo quién, ya dijo. Por tanto el lenguaje en sí está limitado, porque nada que te limita puede ser infinito. Y es obvio, natural y hasta necesario que esté limitado, de no la comunicación sería impracticable. La comunicación es el requisito indispensable para una sociedad, y es esta sociedad la que extrae como de una mina los términos, que vienen a ser acuerdos, con los que decide intercambiar sus ideas. Como acuerdos, porque son comunes para todos aunque muchos de ellos no satisfagan a la totalidad de la población. Porque si resulta que a mí no me gusta la palabra garrapata, no me queda más que usarla cuando desee referirme a aquel espantoso animal, a menos que decida memorizar enciclopedias para poder decir con veinte palabras dificilísimas lo que con una basta y sobra. Con el término ateo no podía ser diferente. De una sociedad que ha sido perdidamente religiosa y que ha representado el absoluto con la idea de dios, sólo se podía definir la actitud contraria a su adoración por medio de la negación. No se podía decir por ejemplo para-teo, porque eso hubiera admitido la existencia de una divinidad paralela, tal vez representable como el vacío. Esto es, por un lado dios y sus “teos”; y por el otro la nada, el vacío y sus respectivos seguidores. Si la sociedad se hubiese estructurado así cabría la discusión de la propiedad o no del término ateo. Si la sociedad se hubiese estructurado así tendrían toda la razón sus detractores. Pero como no ocurrió así, como el monolito de dios se alzó acaparador sobre las mentes e instituciones humanas (porque hasta la época comunista desconozco de cualquier líder importante que haya dicho sí yo soy ateo, carajo. Sería interesante investigar este tema en particular.), no queda más que utilizar las herramientas que los mismos a quienes nos oponemos forjaron. A "epistemólogos" y existencialistas se les puede regalar el término ateo, y de paso todo el diccionario, y seguramente y con argumentos los destriparán y refundirán cientos de veces, pero se olvidan siempre que por sus propias doctrinas sus aseveraciones quedan en vanas interpretaciones u opiniones. El agnosticismo es la duda (si bien tirando a negación) y el actuar-como-si-no, mientras que el ateísmo es la firme convicción de que cuando nos morimos termina la fiesta, y eso se sale de la jaula que cuatro letras le puedan poner.

17.3.10

Alicia apócrifa


onfío y espero que la nueva película del genial Tim Burton haya sido apenas un error ocasional de aquellos que hasta los más grandes cometen. Sólo quienes aciertan a morirse en el cenit de su carrera parecería que se libraran de toda falla y pasaran con expediente en blanco al panteón de ídolos pop (léase Che Guevara, John Lennon, Kurt Cobain, etc. y óbviese los necesarios detractores de cada una de esas figuras). A Burton la estadística le pedía que ya, por favor, se equivoque.
La sola idea de ver la obra de Carroll en manos de uno de mis directores predilectos; dios creador de un mundo-inframundo fascinante y además democrático como pocos, porque para todos hay, niños y adultos; me mantuvo por meses a la expectativa de la usualmente-por-mi-ignorada cartelera de los cines comerciales, si bien sabía perfectamente que antes de marzo de 2010 era imposible su estreno. Pero acabo de llegar del cine y debo decir que me siento desolado. No es el sentimiento aquel que vino después de ver El Retrato de Dorian Gray, semejante al que habrán sentido todos los habitantes de los grandes imperios de la historia al ver que su otrora gran nación sucumbe ante el embate de una horda bárbara y brutal. Ahora la pregunta es ¿qué le hicieron a Alicia? ¡Ese no es el relato lógico y casi matemático del lógico y matemático Lewis Carroll que extasía con sus maravillosos juegos de palabras y abstracciones! ¡Ésta era una película de aventuras y acción! En una obra como es esta, en la cual lo memorable son los parlamentos -constantes desafíos a la razón y llenos de maravillosa incongruencia- no se puede uno permitir el desperdiciarlos. Alicia no es sólo un manual de criaturas extrañas (dicho sea de paso, la gran mayoría de la fauna que Burton mete en Alicia en el País de las Maravillas no corresponde a este relato si no a A través del espejo y lo que Alicia encontró allí) como parece que lo entendió el director. Hay libros que por su escritura permiten concentrarse más en el todo de la historia que en minucias tales como lo que diga o deje de decir un disparatado sombrerero, libros en los cuales se pueden obviar ciertos detalles (hasta decenas de páginas, por ejemplo en Los Miserables) sin que la historia se vea mayormente afectada. Pero no es este el caso. Alicia es una obra que se la vive al instante, palabra por palabra. Mundos y criaturas extrañas existen al por mayor en la literatura. De hecho, la historia de una niña que sueña no me parece nada sobresaliente. Pero si en esos sueños conversa de la siguiente manera con un gato
-¿Por favor, podría indicarme qué dirección debo seguir?
-Eso depende -le contestó el gato- de adónde quieras ir.
-No me importa el lugar… -dijo Alicia.
-En ese caso –le contestó el gato- tampoco importa la dirección que tomes.
ya estamos hablando de otra cosa. La película despojó de todas sus joyas al relato, a excepción del acertijo sin solución del cuervo y el escritorio. Nada más, aunque (¿para compensar?) introduce una idea de Macchiavello como consejo del Caballero a la Reina Roja. Alicia fue asaltada por un motivo que desconozco. Si se tratase de otro director sería fácil culpar al afán de ganar dinero, pero Tim Burton había ya demostrado que, como Chaplin en su época, podía hacer películas inteligentes y que además generasen ingresos, rara mezcla.
El director de la película cayó en la tentación de escribir su propia Alicia, en esto no lo culpo, ¡quién no quisiera ser el creador de esa maravilla! Evidentemente en cada versión que se haga de una obra ya escrita quedará la huella de aquellos que trabajaron con el original. Lastimosamente la frontera entre homenaje y maltrato no es clara en medio de la bruma de las espinosas versiones libres. Creo que el cuento de Carroll sale maltratado de esta versión cinematográfica, puesta en función de la acción, la espectacularidad y la facilidad. Una versión más cerebral no podía ser más esperada.

28.2.10

¿Qué puede temerse de un mundo tan regular?

¿Qué puede temerse de un mundo tan regular?
Jean Paul Sartre

odavía no lo comprendía. La idea se le antojaba absurda, y quienes la aceptaban inmutables, simples idiotas. La seguridad constituía para él su pilar y las garantías eran las ramas de las que colgaban, madurando, sus planes a futuro. Nada entendía de ese país donde habían más ojos buscando estrellas que estrellas en sí.
Se había mudado bajo la narcosis de un amor. ¡Qué maravilloso era vivir allí con ella! Pero solo con ella. Ella se fue, y se llevó consigo el encanto. Latía en sí esa llaga que le causaron las lacónicas cuatro palabras de su ya no te quiero. Lo que ocurría era que la luz que ella creía ver en él se opacaba con ese resplandeciente nuevo mundo, como si se superpusiera una vela al sol. Probablemente, de no haberse mudado, hubieran envejecido alegres, creyendo que sus más íntimos deseos se cumplían íntegramente por gracia del otro. Pero las aves, por grande que sea su jaula, sienten los barrotes como cuerdas que los atan y los frustran. Solo en la inmensa libertad vuelan su poesía. El descubrimiento de ese lugar fue, en ese entonces, una rajadura en la malla por la que podían huir. Y huyeron. Recordando esos tiempos primeros no podía evitar el verse como los grupos de teatro itinerantes de antaño -embajadores de la felicidad, alegría trashumante- porque era ese un país donde el tiempo nutría y hacía crecer indefinidamente la entropía reinante.
Era un país nómada. Todo él se movía. Las esquinas de las calles eran bisagras infinitas que alteraban a placer su ángulo. Las columnas eran las patas de marmóreos ciempiés. Siendo así, cada cual elevaba sus sueños en un sitio distinto cada vez. O capaz, si no se había movido, el lugar había sido el mismo siempre, pero habiéndose cambiado de vestido la tierra, ya no podría probarlo. Fue en ese devenir donde perdió a su amada. Después de no poco tiempo de absoluta libertad sintió necesidad de un asidero. La fiesta había terminado para él y la añoranza de su antiguo mundo codificado y normalizado pesaba ya demasiado. Se lo dijo. Esas palabras, pronunciadas tímidamente, se enredaron en los negros cabellos de ella y tiraron en todas direcciones, produciendo un vaivén sin ritmo alguno que sintieron sus pensamientos batiéndose con igual irregularidad. Su silencio fue absoluto, pero una palmada en el hombro tomó prestada la elocuencia de mil palabras. Por días el mutismo fue su idioma. Vivían como hormigas, siempre juntos pero sin decirse palabra. El silencio no era si no el disfraz de la debacle interna que ambos vivían. Debacle que los postraba en una actitud expectante, tensa, ansiosa, evitando ser el que pronunciase las palabras fatídicas. Las citadas cuatro palabras fueron el resultado de esta interacción de fuerzas en la que salió victorioso el hastío. Palabras con aptitud de sortilegio que congelaron las miradas de ambos por un momento. Pero vino la brisa que erosiona las montañas de hojas otoñales y como estas, ella se fue. Él lloró, pero tal vez sus lágrimas nunca llegaron al suelo y son ahora luciérnagas de cristal que brillan en las noches tristes, errantes como deambula ahora él, por las calles de ese país, alzando sus nudillos como increpando al cielo su negligencia en controlar las leyes físicas que rigen esa sección del mundo.

27.2.10

Wikicracia

Una reflexión sobre la propiedad intelectual.



ropiedad intelectual. Existen términos que el calendario se encarga de, o lanzarlos al estrellato o condenarlos a muerte. Son palabras escritas con fuego, que se hermanan por cumplir todas con la misma función: inquietar. Por cumplir tan cabalmente con su espinoso objetivo han sido manoseadas y vejadas cuantas veces haya sido necesario. Han sido víctimas de la conveniencia y de la hipocresía que el poder trae implícitos. Burgueses oportunistas aprovecharon (algunos todavía aprovechan) el peso de la gastadísima palabra “revolución” para exaltar los ánimos de las masas ingenuas que creyeron verse representados. Pálidos y cadavéricos sacerdotes infundieron terror con las terribles siete letras de “herejía”. En este minimalista y diplomático (hasta cierto punto) siglo, las hogueras se han transformado en indemnizaciones millonarias y las multitudinarias marchas al son de La Internacional, mutaron en juntas de accionistas por un lado indignados por el ultraje y por otro ávidos de escuchar la sentencia del juez que hará crecer su billetera con unos cuantos millones más. Y esto se debe principalmente a que la palabra prohibida, la que produce malestar si se profundiza en sus dominios, consta en casi todas las Constituciones del mundo y es la hija pródiga del sistema económico reinante. La opera prima del capitalismo es la propiedad privada, y de ahí deriva la propiedad intelectual.


En América, la propiedad privada, es; junto a tantas otras; una de esas especies introducidas por los conquistadores europeos. Conocemos los nombres y las biografías de casi todos los científicos, inventores, literatos y demás personajes del jet-set de la Europa de todos los tiempos. De la mayoría se tienen hasta retratos, que aseguran su permanencia en la memoria popular, siendo impresos en los billetes y monedas de sus respectivos países. Pero si el Banco Central de cualquier país americano decidiera imprimir una serie especial de billetes con los rostros de sus grandes personajes precolombinos, se vería en un grandísimo problema. ¿Quiénes eran? ¿Cómo eran? ¿Qué hicieron? Exceptuando ciertos nombres de caciques y emperadores, los nombres propios más exactos que de esa época podemos obtener son mayas, aztecas, incas… Nadie habla (porque nadie sabe) de los aportes de tal o cual científico maya a la astronomía. El genial ingeniero inca que ideó la siembra en terrazas se ahoga en el anonimato. En las mismas ciencias, al otro lado del océano, abundan los nombres.

Creo que las comunidades indígenas, donde las creaciones eran para disfrute de todos y no llevaban rúbrica, son las culpables primigenias de la enemistad entre nuestra sociedad y las patentes y permisos que ponen trabas al libre acceso a cierto tipo de datos. Llevamos muy adentro el concepto de que una creación intelectual es tanto del autor como nuestra. La propiedad intelectual nos es todavía un concepto ajeno. No es coincidencial que sean los países con raíz indígena los reyes de la piratería en América. Como si fuera una fábula, es la unión de la población de estos insignificantes países la que ha causado una crisis mundial en el poder las gigantes compañías, casi todas del norte del mundo. Vivimos una especie de “wikicracia”, donde el copyleft es la ley.

Ninguna campaña por la cultura ha tenido el éxito y el alcance que la piratería, por lo que se puede afirmar que ésta es la mayor agente cultural del país, brindando calidad y variedad a precios irrisorios. Mi objetivo no es hacerle una apología a la piratería; aunque cada vez que escucho un disco que en ninguna tienda se puede encontrar, o cuando veo una película cuyo nombre les parecería, a los gerentes de los cines comerciales, el nombre científico de alguna extraña criatura prehistórica; es difícil resistirse a la tentación de llamarla Santa Piratería (sí, con mayúsculas).

Catalepsia


sonarán sobre el cielo de madera sus pies en rítmica estampida. Serán ondas vertiginosas, emociones apiladas y palabras preconcebidas infinitas veces en ese laberíntico espiral del pensamiento; que por fin concretadas serán el pistoletazo que dará inicio a la coreografía programada por la cavilosa angustia de ese secreto entre dos. Yo, tú: no contamos.
Ansioso por respirar hondo algo de aire fresco que le devolviera su color, su mente aceptaría la propuesta más vil y arremetería sin titubear la más criminal de las empresas. Ese valor adquirirá esa bocanada de aire, tan gratuita normalmente. Así se vuelven los condenados el egoísmo encarnado.
Ya no será aire por donde volará insistente esa mosca, que de no estar sepultada como compañera en su suplicio, recibiría por lo menos un rayo de luz que la pintaría de un azul verdoso. De ser membranas esas rígidas paredes sufrirán una brutal ósmosis de vapores y olores cada vez más hediondos, pero todavía no heraldos de mortandad.
Pero continuará su mente idealizando esos posibles, olvidando que apenas será capaz de sentir los llamados de los manojos de tierra que, como en el juego infantil, se desvanecerán después de llamar a la puerta. Y una vez hayan cesado su travesura quedará libre para jugar a encontrar el hilo del silencio en el tejido del sonido, ese hilo delgadísimo, pero para él ese telar será más pequeño que cualquiera que hubiera conocido jamás.
Y sólo habrá un anhelo, enmarcado por uñas sangrantes y rotas, jadeos y músculos exhaustos. Y no sonarán sobre ese cielo de madera y estrellado de clavos, los pasos que le anunciarán su salvación. Y volará esa mosca verdiazul, deambulará con morbosidad inocente hasta que su sistema orgánico de insecto le permita vivir, pero finalmente quedará inmóvil a su lado, y será parte de esas cápsulas de muerte que se tragó y se seguirá tragando la tierra mientras sus entrañas se lo pidan.

Los dramas de la luna



a luna se nos da por tajadas. Hasta cuando nos engaña; caterva de observadores ingenuos, la humanidad; mostrándonos toda su redondez, hay algo que sus rayos distraídos por la infinita vacuidad espacial han dejado perder. Es simple geometría, la luna no es una circunferencia, es una esfera; he aquí la cuestión. Gracias a algún capricho de la óptica esta se aplasta y nos deja (me deja, al menos) la sensación de que nos perdemos algo: el maravilloso espectáculo de su esfericidad suspendida. El problema es aún más grave cuando con una prosa que raya en el cinismo la luna se desgaja. Es este un momento crítico para los amantes de la luna. Vemos al cielo y no encontramos en él más que las cáscaras de nuestra fruta que alguien devoró. Siendo ya algo cotidiano (¿aplica o no el término para un evento nocturno?) nadie repara en esto: es un instante en el que la parte oculta de la luna es negada sistemáticamente por nosotros. Son segundos que no existen para aquella zona tímida, borrada por nuestra imprudencia al ver, ya que si el concepto claro de áreas ocultas no se pasea fugazmente por el cerebro de cualquier observador de la luna, estas sufren una momentánea inexistencia. Afortunadamente son solo segundos, puesto que raudos aparecen los justicieros saberes que hasta el más inoperante sistema educativo nos debió haber inculcado, y reparamos nuestro fallo, siempre mentalmente, siempre sin decírselo a nadie, sin siquiera darnos cuenta, e inconscientemente vuelve la luna a completarse a pesar de sus pudores. Estos son los dramas que noche a noche vive nuestra amada perla mohosa. Qué duro ser la luna…

Recortada por las hojas...


ecortada por las hojas y las ramas, que sobre mi cabeza adornaban la noche con estrellas aún más negras que el cielo mismo, se veía resplandeciente la luna. Las sombras en su faz semejaban el baile enamorado de una pareja. No habían lugares como el que en ese entonces exploraba. La fortuna no había querido repetir su obra magna surcando con el mismo esquema colinas de otras latitudes. Tampoco habían exploradores que se aventurasen como yo. Hacía ya dos semanas desde el último contacto con humanos y en ese camino no habían huellas de ninguna clase de antecesor a mi aventura. A mis pies solo había una alfombra de hojas en putrefacción que despedían borbotones de aire viciado que parecía llegar en estado sólido a mí. La intuición me hacía seguir, y era ella mis verdaderos pies, porque ya el conocimiento se había convertido en desesperación. El encontrar que el camino se enrollaba cada vez más sobre sí mismo, como hacen las líneas sobre el nácar de las caracolas, era señal inequívoca de que no faltaba mucho para el claro donde podría encontrar el rayo de luna que no había hecho más que dejarse caer.

El fuego

Mi primer cuento, basado en la película Cinema Paradiso y en el cuento Idem de Valeria Muñoz que a su vez parte de esta película.



a pantalla se pone en negro. La película terminó. Se miran y comentan superfluamente la película porque los interrumpen llamándolos a comer. La comida está deliciosa pero él apenas se da cuenta de ello. Sólo la película está en su mente. Qué alegre y rítmico es el italiano. Qué niño más simpático. Cuánta inocencia en él. Ya es hora de irse y se despide con un muy correcto beso por la presencia vigilante y celosa de los padres de ella. En el camino de vuelta saca su omnipresente libro. Son cuentos cortos. Decide empezar por la mitad. Siempre esa manía de hacer las cosas de manera poco común. De todas maneras, él se gustaba como era. La historia le parecía conocida. Frustraciones y apariencias que ya las había visto, o vivido. Esa sensación lo acompañó todo el camino. Terminó el cuento poco antes de llegar. En su casa le esperaba un videojuego que quería estrenar. Era bueno, pero no lo suficiente así que pronto lo dejó. Al rato se fue a dormir. Amaneció soleado y caluroso y en la ciudad no había mucho movimiento. Sólo se oía el ajetreo del cine de al frente. Se marchó rumbo a su colegio maldiciendo al sol por su inclemencia. No fue un día digno de recordar y transcurrió al ritmo que este mundo, sin razón ni sentido. Esa mañana todos vieron una columna de humo negro a lo lejos. Era extraña, pero él no le dio mayor importancia y pensó que sería algún bosque en llamas producto de ese sol que parecía hecho de napalm en los veranos. Ni siquiera volvió a pensar en ese humo, hasta que lo tuvo enfrente de él y supo su fuente. No era celulosa lo que ardía, era celuloide. El cine se consumía en furiosas llamas. Las películas parecían proyectarse en las casas circundantes por efecto del fuego. Entre el popurrí de imágenes reconoció al travieso niño italiano de la película. Las puertas del cine explotaron escupiendo una llamarada hambrienta que lo envolvió. Apenas alcanzó a oír los gritos horrorizados de los presentes. Ese fuego que lo abrasaba le iluminó y le dio entendimiento. Ató cabos, recordó la película y el libro. Vio que ambos eran fibras de una misma cuerda, y que si las seguía encontraría una respuesta. No tardó en hallarla. Era él el niño de la película. Era él la joven del libro. Nunca había tenido tanta lucidez. Reconoció su infantil inocencia en el niño y su actual frustración en la joven. Pero esa luz no duró mucho más. Su película llegaba a su fin. La pantalla se puso en negro. Pero esta vez no hubo letras al final.

Aquel jardín


a lluvia no cesaba. El camino, cortado por el muro vertical de agua, parecía corto. Mi viaje continuaba cansino y solitario por esas carreteras perdidas por el tiempo y el desinterés. La radio, mi única compañera de viaje, empezaba a abandonarme, confundidas sus señales en los laberintos de esas serranías. La apagué. No faltaba mucho, me lo dijo esa cruz blanca al final de esa curva. Curva asesina de sueños e ilusiones. Curva esclavizante. Maldita curva. Tal vez si hubieran puesto esa cruz antes, no estaría hoy aquí, pensé. El poder de esa cruz no menguaba. Todavía era capaz de estremecerme y de tumbar los muros que la memoria levantó alrededor de lo que en ese mismo lugar sucedió. Todavía podía traer ante mis ojos la imagen de ese carro, tan conocido para mi, ardiendo treinta metros más abajo junto al río en el que tantas veces me bañé. Esa era la peor parte del viaje. Si hubiera otra forma de llegar la hubiera tomado, pero en este pobre país el que existiera una manera de llegar, era ya un lujo. Serpenteante continuaba mi andar, entrometiéndome en la vida e historia de todos mis antiguos vecinos, ya que ellos también tenían sus respectivas cruces blancas en prácticamente cada recodo del camino. Un frío campo sembrado con flores de la muerte era éste. El camino se dividía después en dos. El de la izquierda era la entrada a mi pueblo. Apenas eran visibles la iglesia, elevada en esa colina, y las luces de las casas, que la niebla y el agua hacían bailar. Al lugar donde me dirigía lo envolvían nubes densas y bajas. Era un lugar misterioso, tan temido como desconocido por todos. Solo yo no le temo. Lo aborrezco, pero no le temo. Lo necesito. Nunca podré explicarte qué pasa ahí adentro. No lo se. Pero desde esa noche después del accidente en la que corrí sin rumbo y sin miedo, intentando huir de este dolor que me posee hasta hoy… Algo me unió a ese alucinante lugar. Ya había llegado. Buscaba la desvencijada puertita trasera que había abierto tantas veces con el pulso temblando y sin aliento suficiente para emitir ni siquiera el sonido que me delataría y me obligaría a huir de ahí. Esa vez no fue diferente. No era miedo. Era ansiedad. La ansiedad del joven frente a su primera mujer. Casi nada había cambiado. Las plantas seguían creciendo a su antojo alrededor del árbol que buscaba. Árbol centenario que estuvo y estará en épocas de gloria y de victoria, compensando así este oscuro túnel que transitamos juntos. Caminaba directo hacia mi árbol. La ansiedad no admitía titubeos. Con más esfuerzo que el año anterior trepé las robustas ramas y removí el follaje. Brillante como una gema colgaba en el mismo lugar que siempre. Estiré mi mano para cogerla y con fuerza la jalé. Sentí en mi mano lo que sienten los ojos cuando ven directo al sol. Un bramido surgido de los más negros acantilados retumbó contra el cielo y volvió a bajar. La solté, adolorido. Era el dolor acostumbrado. Otra vez había viajado en vano. Este lugar me seguiría esclavizando. Mi piedra preciosa todavía no estaba madura. Mi felicidad todavía no me pertenecía.

Era una ciudad sucia...


ra una ciudad sucia. La noche despejada y la luna creciente no alcanzaban a tapar el olor a crimen que emanaban cada sombra y cada persona con la que se cruzaba. Desconfianza. Temor. Racismo. Eso era lo que éstas calles le habían enseñado. Así se había condicionado su cerebro para sobrevivir, y su vocación insana de caminar la noche no había si no, reforzado este pensar. Un humanismo enfermo y decrépito erraba en su cabeza, como el cauce vaciado de un río que ya no alcanza a su glaciar. Sin embargo no era aún de esos seres que cerraron puertas y ventanas y se declararon en cuarentena ante la humanidad. Él todavía mentía. Pero es tan frágil el vuelo de los ideales, como de cometas, y tan mortalmente precisa la puntería de la realidad…

Medio metro en cada paso. De noche, cada medio metro producía música para él y el volver a casa constituía el fin de la sinfonía. He ahí el por qué de su afición. Pero esta vez su música no era poco agitada. Buscaba que las callejas oscuras disuelvan sus tribulaciones. Como plan secundario, como apoyo, como refuerzo, llevaba una pistola, regalo de su abuelo el coleccionista. Es el absurdo más lógico buscar el blanco para llegar al negro. Violentándose quería la paz.
El revólver viajaba ahora en su cintura, bajo el abrigo para el frío que fingía sentir. Llevar una pistola trae consigo una responsabilidad: usarla. Esas dos sombras que se acercaban pensando que ese hombrecillo de gris sería un botín fácil, no tenían en su mente que el revólver ficticio con el que amenazarían de muerte ficticia a la víctima real, se encontraba real en la cintura de él y que la muerte ficticia de ellos les llegaría real por medio del revólver real de la víctima ficticia, porque ahora los que sentirán ese olor a crimen y se agobiarán por él, serán ellos.