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16.4.10

De Julio Cortázar


aldita sea. Acabo de sacar de mi montón de libros uno del inmortal Julio Cortázar que leí hace algunos años ya. De hecho, fue aquel libro el que me desvirgó del excepcional argentino. Tengo la buena o la mala, qué se yo, costumbre de doblar las esquinitas de las páginas donde encuentre algo sobresaliente por revelador, brillante, instigador, ingenioso y/o chistoso. (Costumbre que ha hecho perder a muchos de mis libros su precisa forma rectangular convirtiéndolos en gruesas galletitas mordisqueadas por algún ratón, tal vez de biblioteca. Y eso me hace sentir un poco como un anacrónico y poco hábil estafador, escamoteando retazos de papel y cruzando los dedos para que, por ejemplo, don Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro señor y tasador de un libro de cuyo nombre sí que quiero acordarme, no caiga en que los pliegos con que intento embaucarlo no valen, ay, los tres maravedís y medio con que Su Altísima Majestad me pretende hacer gracia. Volviendo…). Con Cortázar me ocurre algo que con otros escritores no, al menos no con la misma intensidad, y es que siento que estoy acudiendo al newtoniano espectáculo de la difracción de la luz. Me explico. Veo venir la literatura como un haz de luz (en todos los sentidos que esta cojitranca metáfora pueda tomar), llega al cristal-cronopio y a través de él se desparrama en estado puro por todo el abanico de colores-sensaciones. Ya estará dicho que en las páginas del genio argentino se pasean ternura, humor, amor, sensualidad, delirio… Podría agregar a esta lista la firmísima convicción política que le descubrí hace no mucho en su maravillosa obra póstuma que afortunadamente cayó en mis manos, sus Papeles Inesperados. Su obra es un catálogo de sensaciones, de tierras ignotas, exploradas y conquistadas con su incuestionable vocación lúdica del cual no muchos espadachines de la pluma se puedan jactar. Muy de acorde con la vastedad del universo cortazariano, he creado en las páginas deformadas todo un código de dibujitos. Espirales, asteriscos, asteriscos bien, asteriscos como zancudos apachurrados, asteriscos encerrados en una bomba, asteriscos encerrados en una bomba y a su vez en otra más grande junto con el título del cuento, y hasta una bicicleta con dos ciclistas; pretensión casi imperdonable para mí, que con un lápiz soy como sería Walt Whitman frente al Sputnik. La razón de mi maldición primera es justamente esta. ¿Qué diablos significan mis garabatos? Recuerdo que mientras leía abstraía lo que esas líneas me hacían sentir y las traía de vuelta del mundo de las ideas con forma de dibujitos. Y recuerdo que los consideraba completamente descifrables. Pero hoy, años de por medio, ¡no tengo idea de qué significan! Tendré que emprender una minuciosa y retrospectiva relectura e ir uniendo piezas para, por ejemplo, encontrar qué trazo asocié alguna vez a una maravillosa chica que tuve la desgraciada dicha de conocer por diez escasas horas y que me recordaba a aquel distraído y bailarín cronopio que tomó por pista de baile la mitad de la calle. Me toca ahora la labor de descifrarme. Si así llueve que no escampe...

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