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obstinadamente el blog menos leído del internet

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3.4.11

Habla la Tierra

uando canta Mercedes habla la Tierra. Quiso ella llevársela y en su abrazo fraterno y grato descansa su dulce voz que tanto y tan bien le cantó. Evidentemente hablo de la única e irrepetible Mercedes Sosa. Que sea este mi humilde y extemporáneo homenaje póstumo a la garganta mayor de nuestra América.

Escuchando su último trabajo -su bellísimo canto de cisne, bautizado con una sobriedad de funeral que raya en lo premonitorio- y revisando la lista de colaboradores, esbozamos una idea de la dimensión de su figura en el medio latinoamericano. No es sólo una gran voz -porque grandes voces he encontrado hasta en ciertos cobradores de bus- es una conciencia correcta y tranquila que cuando canta duerme el sueño de los justos por saberse limpia del barro que tanta encrucijada su vida le tendió. Es la voz que nunca erró una nota, ni en lo social, ni en lo político, ni en la fidelidad al ser humano; camino resbaloso que a tantos hizo patinar. Es la voz que supo distinguir justos de pecadores y convertirse en la canción de cuna que arrulló los sueños libres de los primeros. Nada más que una trayectoria como ésta, inmaculada, otorga a alguien el poder de convocatoria necesario para poner en marcha una empresa de fantasía como la que Mercedes armó.

Son los dos volúmenes de Cantora un homenaje justísimo a ella misma. Se delata desde el título. Haciendo una cuidadosa selección del cancionero preparó dos discos con la crème de la crème de la canción hispanoamericana. Como siempre, fiel a su apertura a los géneros musicales populares -populares en el sentido de pueblo, de pertenencia a cierto grupo social, no de pop, de silicona y putifaldas- incorporó en su disco a artistas que sería difícil de imaginarlos junto a una voz tan académicamente aceptada como la suya, pero que comparten –muy a su manera, claro está- ese grito de reivindicación que lleva la marca registrada de Mercedes Sosa. Léase Calle 13 y Gustavo Cordera de la Bersuit. Pero al no tratarse de un trabajo de experimentación y siendo la cumbre de una carrera estelar, lo autorizan con su presencia artistas de trayectorias también estelares y oímos por ahí, entre otros muchos, a Joan Manuel Serrat y Caetano Veloso. En el documental consta de fragmentos de la grabación en estudio de cada canción. El respeto y la devoción que muestran todos los músicos colaboradores hacia Mercedes, ella se los paga con esa inmensa humildad que no la abandonó jamás. Qué regalo maravilloso es ver en los ojos de una figura consagrada el nerviosismo, el miedo, la alegría y el placer de un novato, que nos demuestran que la rutina y el tedio no siempre ganan la batalla que da el tiempo.

Por ser este un disco para escucharlo con la piel erizada y con los ojos con pronóstico de lluvias, como si fuera la misma Negra que nos lo cantara a las espaldas. Porque saber decir adiós es tal vez el don más difícil e importante, y porque la Negra lo poseía. Por la inocencia de la que puede jactarse tu perseverancia, y por predicar ese principio con el ejemplo.  Por esto y por tanto, mucha gracias mi Negra.

28.3.11

El Hollywood: matinée en un cine porno

aminando con una mano en el bolsillo, como exprimiendo el sudor a las monedas, las conté una y otra vez. Me acerqué a la ventanilla con el paso firme que tantas veces camufla la inseguridad, deseoso de despachar cuanto antes ese momento, que mi timidez congénita volvía insoportablemente incómodo. De aquel agujero en la pared apareció una mano sin cuerpo ni rostro (pero que se revelaba femenina) y tuve que esperar a que comprara una bandeja de rosadas guayabas a la vendedora de faldas y guango indígenas. Una vez acabado ese intercambio di el paso último, aquel del que no me podía arrepentir, y coloqué mi dinero en el frontispicio del agujero. De nuevo aquella mano irrumpió en el sórdido teatrino –vidrio negro y tarjetas prepago- y tras tomar las monedas hizo mutis por el foro. Casi al instante se deslizó un boleto por el resquicio que dejaba aquel triste telón. Boleto en mano llegué a la puerta donde el controlador que leía el Extra cruzado de piernas bajo el misógino letrero de “Sólo caballeros” me lo retiró íntegro, listo para regresarlo a la boletería para que vuelva a ser expedido y posteriormente retirado por los siglos de los siglos amén.

Eran las doce del día pero la oscuridad ahí dentro era categórica. Medio torpón, empecé a buscar un asiento sin darle tiempo a mis ojos para acostumbrarse a la falta de luz. Una vez hubieron reaccionado, y con una idea más clara del entorno, encontré una fila vacía y me senté en el primer asiento. Las cabezas de los espectadores apenas sobresalían del respaldar de los asientos, en actitud de soldados atrincherados. Algunos inclusive fumaban, cagándose soberanamente en los neones que lo prohibían por favor. En la pantalla se proyectaba un popurrí del porno más artificial y ochentero, un portento de rubias melenudas y escenarios discotecoides. Todo este medley de videos terminó con la aparición de un presentador de noticias, él sí más moderno, que se alegraba porque las tragedias pronosticadas para el Y2K no llegaron a ocurrir (sic). Luego de la comprensible alegría del presentador, y para mayor sorpresa mía, salieron los créditos que incluían a un equipo de dos personas para la escritura y dirección para un compendio de variados videíllos porno (doble sic). Cuando hubieron desfilado todos los nombres en la pantalla (por lo numerosos, muy dignos hijos de novelista ruso) se apagó la pantalla y se prendieron las luces.

Con la luz llegó la incertidumbre. Las sombras planas de hacía un momento se colgaron bigotes y barbas y lentes y corbatas, y dibujaron una audiencia de hombres mayores y enternados. En mi inexperiencia pensé que la función habría acabado y me alistaba para salir (bastante decepcionado por cierto), pero al notar que nadie se movía decidí hacer lo propio. Como dije, la incertidumbre se instaló en la sala. Todos los asistentes fingían la mayor indiferencia, no movían la cabeza siquiera, como si el aire circundante fuera piel de mujer y estuviera en sus manos lastimarla. Muchos de ellos dormían profundamente. Para no desentonar adopté la misma actitud y empecé a estudiar la sala como podía. Fue ahí cuando noté que muchos de los presentes tenían el uniforme inconfundible de inocentes abuelitos de la Plaza Grande, que en vez de tomar su siesta a merced de lustrabotas choros y policías municipales que no tardarían en llamarlos alcohólicos y/o drogadictos al verlos dormir tan impúdicamente, se habían refugiado en la oscuridad y el endurecido cuero del cine, siempre más sutil que la piedra centenaria. Continuando con la inspección noté que el lugar pintaba el mismo mechón de canas que sus ocupantes, con su piso de madera gastada y sus butacas de cuero rojo y metal, incomodísimo patrimonio de los cines antiguos. La sala era grande; le calculé un aforo de 150 personas, lástima que mi ojímetro pierda el libreto tan a menudo; y sus paredes con ornamentos de estuco estaban pintadas de un amarillo oxidado, muy de oficina pública. A pesar de todo esto, y de lo que me había imaginado con anterioridad, debo decir que el lugar era muy limpio. La experticia del público presente los hacía esperar con calma a qué sabía yo qué, hasta que finalmente se apagaron las luces y el cinematógrafo empezó a andar. Fue cuando comprendí que las funciones eran continuas y uno podía permanecer en la sala cuanto tiempo desease.

En ese momento empezaba Sesso alla radio (Sexo en la radio) una película donde una casquivana locutora excita a sus oyentes contándoles historias subiditas de tono. La película, que duró más de dos horas, quemó todas sus naves en cuanto a argumento se refiere en los primeros dos minutos, cuando la más que decente locutora caminaba por Roma ceñida en un indiscreto top blanco y con los pezones al aire. Tras bajar las escalinatas de la Piazza di Spagna y causar el revuelo respectivo entre la muchachada que siempre se reúne ahí, llega a un teléfono público y suelta de golpe a través del auricular un: “Está bien, haré tu programa. Vas a ver como excito a todos por la radio.” En la escena siguiente se la ve a ella en una habitación que dice ser un estudio de radio, desvestida en encajes negros y con unos audífonos y un micrófono de operadora. El muy vago del director para ahorrarse la escritura de diálogos troca la narración de Miranda, porque así se llamaba la locutora, por las imágenes explícitas y ahí es cuando comienza lo porno. Todo cuanto ocurre en la película es producto de la calenturienta imaginación de Miranda, que cambia siempre de locación y narra indistintamente desde la habitación, desde un balcón, desde su cocina y hasta desde la ducha, bajo el agua y el jabón pero siempre con su micrófono. Los encuentros sexuales se alternan con vistas de la Ciudad Eterna y con el estribillo que repite siempre Miranda: “Un montón de cosas están por suceder.”. La sencilla historia que extiende, literalmente, hasta el orgasmo es la siguiente. La rubia tiene un esposo. Rubia no está contenta con su vida matrimonial ya que sospecha (y no sin fundamentos) que la engañan. Esposo en efecto, tiene una amante morocha. Morocha es amiga de Rubia, tan amiga que un día para amenizar una aburrida partida de cartas deciden que quien pierda será penetrada por un revólver. Las relaciones sexuales se van multiplicando, con sus participantes permutándose constantemente, hasta que un día aparece un pelado que nada tenía que ver con el triángulo amoroso, un outsider diría CEDATOS, pero que no era nuevo en la película porque ya se lo había visto con Miranda previamente. ¿Trastorno psicológico que lleva al paciente a confundir la realidad con la ficción? ¿Incompetencia del director que, rendido a su fetiche de los ménage à trois, no sabe cómo más ingresar un personaje a su pigmea historia? Usted decida. Miranda era muy ducha para no aburrir a sus fieles radioescuchas, por lo que se cuidaba de variar el menú e intercalar escenas cortas inconexas entre sí, y cuando se sentía particularmente feliz hacía durar estas antologías todo el tiempo del mundo.

Vale aclarar que para esas alturas este servidor ya se estaba cansando. El duro cuero no era tan acogedor y el popurrí de Miranda se estaba extendiendo más de la cuenta. Sección meramente funcional del filme, en la cual ya no había cómo reírse de las pésimas interpretaciones, aunque sí que habían gestos muy forzados, oh sí. De todas formas, desnudadas ya las preferencias sexuales del director, el final encuentro entre Esposo, Rubia y Morocha (y no a tomar el té) estaba cantado. Cogí mi maleta y sorteando una manada de estudiantes apenas quinceañeros atravesé la puerta que me dejó en la calle, frente a dos monjitas a quienes cedí el paso; siempre tan cortés.

12.2.11

Acerca de Mary O'Grady

e topé el otro día con un artículo en el periódico que me hizo hervir ligeramente la sangre, por lo obtuso y lo sofista del mismo. Muy a la manera inglesa decidí escribir una carta de protesta al diario, pero algo me hace temer que no la publicarán (y eso que intenté ser breve y, si no correcto, al menos decente en el lenguaje, ya que lo que leí me provocó nauseas por el nivel de ignorancia de la periodista.). El link hacia el artículo es el siguiente:


http://www.elcato.org/por-que-nadie-protesta-en-la-habana

Y mi tímida carta al periódico fue:

Bajo el atractivo título de “¿Por qué nadie protesta en La Habana?” se publicó el pasado lunes el reportaje de la analista Mary O’Grady, en el cual se intenta analizar el por qué nada pasa en Cuba mientras que en Egipto está pasando tanto. Existiendo en ambos países regímenes igualmente represivos y añejos, O’Grady se pregunta el por qué las protestas allá sí y acá no. Con una simpleza que espeluzna, la autora sentencia sin mayor preámbulo que la ausencia de manifestaciones públicas de descontento en Cuba se debe a la relación que existe entre el estado y el ejército. En Cuba es el ejército el encargado de manejar las tres actividades económicas más lucrativas: el turismo, las ventas minoristas y los servicios públicos. De esta forma, se podría decir que el ejército cubano está “profundamente agradecido” con el estado y por ende comprometido con mantener el statu quo. Así, según O’Grady, se compra la paz. Ingenuamente alega que en Egipto el ejército es también propietario de ciertas empresas, pero que como consecuencia de la siempre benévola capacitación estadounidense, la armada egipcia ha desarrollado un nivel de compromiso y responsabilidad social que la lleva a trascender los personalismos. Conmovedor hasta el llanto. Especialmente si consideramos que a las nobles tropas egipcias les tomó más de treinta años darse cuenta de la farsa de democracia que legitimaban. Creo que en la escuela nos enseñaron a no mezclar manzanas con papas. Es simplemente inconcebible realizar una comparación tan tosca, olvidando todos los matices y detalles intrínsecos a cada una de las partes. Entre el modelo cubano y el egipcio, común apenas por tratarse de gobiernos dictatoriales y sedentarios, se abre un abismo de divergencias de índole ideológica, económica, geográfica, histórica y hasta religiosa. Las diferencias son obvias; comunismo y capitalismo; economía planificada y economía de mercado; Latinoamérica y África… Mientras los Castro llegaron al poder por las armas en una revolución eminentemente popular, Mubarak asumió el poder tras el asesinato del entonces presidente Sufi Abu Taleb. La población cubana, mayoritariamente católica aunque oficialmente atea, no sufre las desgarradoras luchas que un país predominantemente musulmán mantiene con su gobernante de políticas pro occidentales y de buenos términos con Israel. Estamos hablando de dos pueblos completamente diferentes, sólo confundibles por la tópica abulia estadounidense que sentencia que Washington es Washington, señores, lo demás es loma. Si Castro no la ve todavía tan negra como la está viendo Mubarak se debe solamente a que en Cuba existen condiciones que, hablando en números, lo tienen como el cuarto país latinoamericano en el ranking del índice de desarrollo humano, el número 51 a nivel mundial y muy por encima del puesto 112 ocupado por Egipto. Y que se me lea bien; esto no es una apología a ningún régimen que por negar sistemáticamente libertades esenciales a sus ciudadanos perdió años ha el derecho a ser. Pero al alcanzar la difusión que seguramente alcanzó el susodicho artículo, creo mi humilde deber el alzar la voz para hacer notar lo equivocado y desinformado del mismo, por el bien general y por la verdad. 

Black Swan

omo por ahí ya me calificaron de aristarco, escribiré ahora de la última película que vi y que me gustó. El título me delata. Sí, hablo del más reciente trabajo de Natalie Portman: el Cisne Negro. El rollo es este: Nina es una excelente balletista que ha sido elegida para el rol de reina cisne en la obra que prepara la compañía donde ella baila. Obviamente estamos hablando del Lago de los Cisnes, del ruso Piotr Tchaikovsky. Ser la reina cisne constituye la consagración como bailarina principal de la compañía, lo que lleva a Nina a reemplazar a Beth, la antigua favorita. Nina; toda ella método, disciplina, corrección, fragilidad y candidez; tiene el don innato para representar al cisne blanco. Pero su papel entraña una mitad oscura, la del cisne negro, la malvada gemela que seduce, engaña y enamora al príncipe que cortejaba a su hermana. Para esta labor no son válidos ni el control ni el academicismo que Nina imprime en su baile. Para hacer de cisne negro es necesaria la pasión, el fuego de la coquetería y la seducción; cualidades todas sofocadas por el afán de perfección de Nina. Su entrenamiento consiste justamente en eso: lograr que aflore su lado de cisne negro. Ardua labor, considerando que la señorita tiene ya 28 años, vive todavía con su madre, no es muy ducha en materia de hombres, es de lo más reservada en su trato social, y que su nueva posición de privilegio le ha granjeado la enemistad de sus guapísimas compañeras. Sólo una de ellas se decide a darle una mano y la invita a salir y divertirse una noche. Lily, porque la buena gente se llama Lily, es toda una mujer. Sabe lo que quiere y lo toma cuando lo encuentra. Esa noche quería divertirse y encontró con quién (obvio, tremendo espécimen humano que era). Al principio Nina no se animaba, pero con copas y pastillas de por medio aceptó seguir a su amiga. Al día siguiente, con un épico chuchaqui de alcohol, drogas y fantasías lésbicas, llegó tarde al ensayo y se encontró con Lily tomando su lugar de reina cisne. Esto azuzó sus terrores paranoicos que le hacían pensar en un complot para quitarle su papel. Además da la pista que parecería indicar que hay algo que no anda bien en la cabeza de Nina. Desde el principio de la película se veían fugaces apariciones, dobles de Nina, dobles con apariencia maligna y siempre de negro. De hecho, aquella fantasía lésbica de más arriba inició con Lily y terminó con su propia imagen en lencería negra. Interesantísimo.


El día del estreno del ballet se acercaba y la presión sobre Nina crecía cada vez más. Su afán era tal que llegó hasta el ridículo acto de robarle algunas pertenencias a Beth, buscando ser como ella: la reina cisne por excelencia. Esa misma noche, en una tremenda crisis de alucinaciones llega a su casa y frente a su espantada madre sufre una metamorfosis a cisne negro (con plumas, patas y demás) que termina con su desmayo. El siguiente era el gran día y a pesar de la oposición de su madre Nina se dirigió hacia el teatro (ya no era un pajarraco negro). La primera mitad del acto fue un fracaso, culminando con una estrepitosa caída de la cual Nina, en su paranoia, no duda en culpar a su príncipe. En el camerino por una confusa pelea entre el cisne blanco (Nina) y el cisne negro (alternativamente Lily y Nina) Nina logra retener su papel de cisne negro, sale al escenario y lo realiza de manera soberbia. Mientras baila sufre otra transformación todavía más radical, y frente al público que la ovaciona se convierte en un completo cisne negro. En el último movimiento, de nuevo como cisne blanco, la herida producto de la pelea ya dicha se empieza a hacer evidente, y cuando Nina sale del escenario crece aún más. Ante los ojos de sus compañeras y el aplauso ciego de los espectadores se entiende que Nina muere, herida y golpeada por un amor frustrado, justo como en la obra de Tchaikovsky. Muy acertadamente la película acaba ahí.

Más allá de una muy buena fotografía (especialmente el sueño inicial es, diría yo, de película) este trabajo merece algunos elogios. En cuanto a imagen; las secuencias de baile son captadas con ojo de artista. Ciertas tomas hubieran hecho las delicias de Degas. Reinan los colores blanco, gris y negro, todos con significados muy claros y palpables en cada una de sus apariciones. La historia en cambio me deja una intriga. No sabría cómo calificarla, si como un drama psicológico o como un filme de fantasía. La duda se genera porque no tengo la menor idea de si los problemas de Nina se generan solo en su cabeza o si la trascienden y son perceptibles por el resto. De ser todas alucinaciones sin duda sería un drama de tinte psicológico, y les daría algo de tela que cortar a los trabajadores de este gremio. Si no, sería una historia que empezó en la tierra de la realidad y fue progresivamente alzando vuelo hacia la fantasía, un poco a la manera de muchísimos cuentos de Julio Cortázar. Mi problema es que encuentro hechos que están a favor y en contra de ambas hipótesis. Si se tratase de elegir me inclinaría por una historia fantástica, si bien al principio pensé en serio trastornos mentales. La historia de una mujer tan compenetrada con su papel que no solo lo representó sino también lo vivió y lo murió.

En esas metamorfosis encuentro uno de los pocos puntos reprochables de la película. Como en todo, cuando no hay recursos tiene que entrar en juego el ingenio (léase el cine antiguo o el de bajo presupuesto) pero cuando don Dinero está de buenas muchos esfuerzos se ahorran, y esto no necesariamente es bueno. Al grano. El presupuesto de Black Swan les permitió sin duda realizar en computadora las creíbles apariciones de plumas, patas y alas en Nina. A mi parecer estas son imágenes toscas que desmerecen la belleza general de la película. No es tan agradable ver torcerse una pierna (y peor una de Natalie Portman), o ver un cuello crecerse y menos aún ver esos gráciles brazos llenarse de plumas negras (después de ver Los Pájaros mis relaciones con estos animales se han enfriado). A un director con una billetera menos regordeta le hubiera tocado ingeniárselas para sacar estas escenas adelante. Creo que esos eran momentos para tratarlos con más poesía, la película hubiera ganado muchísimo y tal vez hubiera rozado la excelencia. Mi lucidez no me da para vislumbrar el discurso adecuado para contar esas escenas, no soy cineasta, así que a callar.

Pero bueno, a pesar de mi pataleta estas son cosas nimias. La película es muy recomendable. Seguramente el día del Juicio Final no se salvará de la hoguera porque no es ninguna obra capital en la historia del cine, pero hasta ese día se la podrá disfrutar sin culpa.

19.1.11

Malas despedidas

mpiezo este texto asumiendo el riesgo de ser  tomado como un ser  frío e insensible. Y es que si en una sala de cine hay veinte personas de las cuales diecinueve lloran y una se aburre a morir, y esa persona eres tú… Vale la pena aclarar ciertas cosas. La película en cuestión es la japonesa Despedidas, dirigida por Yojiro Takita y ganadora del Oscar en el 2009 a la mejor película de habla no inglesa. La trama es más o menos así. Un violonchelista de una orquesta queda súbitamente desempleado y como está endeudado hasta las orejas por la compra de su nuevo chelo que le costó un platal, decide irse a vivir con su esposa a un pueblo donde su madre le había heredado una casa. Buscando empleo se encuentra con un ambiguo anuncio en el periódico al cual decide responder sin ni siquiera saber de qué se trataba. Una vez llegó al lugar indicado por el anuncio quedó inmediatamente contratado tras cruzar el umbral de la puerta. Su nuevo jefe, un viejo con ademanes de capo de la mafia japonesa. Su nuevo empleo, limpiar cadáveres antes del entierro. Al principio sus escrúpulos le impedían aceptar, pero un rechoncho fajo de billetes mandó a guardar todas sus consideraciones. Logró ocultar la naturaleza de su nuevo empleo, ya que se sentía avergonzado, pero siendo un pueblo pequeño la noticia no tardó en salir a la luz. Su esposa lo abandonó y sus amigos le retiraron el saludo. A lo largo de toda la historia el personaje principal vivía amargado por la memoria de su padre que lo abandonó cuando niño. Sin nada ni nadie en su entorno, se entregó con pasión a su nueva ocupación. Un buen día, tras una reconciliación un poco circunstancial con su esposa, recibe una carta informándole que su padre había muerto y que él era el único familiar al que habían podido contactar. Dubitativo decide encargarse de la preparación de su padre y acude a ver el cuerpo, del cual no podía ni siquiera recordar el rostro. La devoción con la cual prepara el cuerpo de su padre casi desconocido causa en su esposa tal impresión que mágicamente se rinde y decide aceptar el nuevo empleo de su querido. Fin.

Versión del escritor

Para quien no haya podido vislumbrar todavía la receta hollywoodense para la creación del cine de masas, nimbado por los elementos “exóticos” que son los actores no rubios no guapos y no angloparlantes, vamos a hilar un poco más fino. Daigo Kobayashi, que así se llama el protagonista, trabajaba en una orquesta nada rentable que a la final quiebra y se desbanda. Es un golpe tan fuerte para él que se sincera con su esposa y le confiesa que en realidad no es tan buen violonchelista como ella cándida creyó cuando se casaron (“iremos de gira juntos” fue su frase para pedirle matrimonio). Pero no se queda ahí. Además de hacer esta declaración de incompetencia hace una de estupidez mayúscula. No solo que no es buen músico, sino que además se compró un violonchelo de dieciocho millones de yenes (algo así como doscientos veinte mil dólares). Afortunadamente no he conocido persona tan estúpida. Pero bueno, no es culpa del tontuelo de Daigo sino del director, pillado en falta recurriendo al deus ex machina. Este es claramente un elemento metido a presión en la historia. Daigo había tocado toda la temporada con su violonchelo, que estaba muy bien para sus capacidades y para los requerimientos de la orquesta. Coincidencialmente se le ocurre hacer la que seguramente era la compra de su vida, no lo consulta con su esposa, y pum, castigo de las divinidades de la confianza matrimonial, la orquesta se disuelve. Juntos deciden migrar al pueblo aquel y empezar una nueva vida. Una vez allí Daigo encuentra trabajo sin esfuerzo alguno, y aunque siente repugnancia de lo que hace no se retira y logra ocultárselo a su esposa. Todo esto resulta hasta que misteriosamente su esposa encuentra un humillante video en el cual el jefe de Daigo explica el procedimiento para limpiar cuerpos con Daigo como víctima. Era bastante humillante, la verdad. Tuvo que ponerse un pañal que apenas dejaba trabajo a la imaginación, fingir que le introducían algodones en el ano y cosas por el estilo. Tal vez más por la vergüenza que por otra cosa la esposa huye y lo deja a Daigo con su nueva profesión. ¿Cuál era el motivo del video? ¿Publicidad? Entonces, ¿cómo es que sólo Daigo lo tenía? Y si no era sólo Daigo quien lo tenía, ¿cómo es que su esposa tardó tanto en saber las payasadas que tenía que hacer Daigo en su trabajo? Que alguien me explique… De nuevo, forzar la historia y llevarla al campo sentimental, ya cuando todo estaba saliéndole demasiado bien a los protagonistas.

En este punto cabe recalcar otra falencia de la película. No entiendo bien cuál era el afán del director. Es claro que la película transcurría en clave de drama. Quiebras económicas, muertes, padres que abandonan a sus hijos, esposas que dejan a sus esposos… Eso es casi todo el arsenal dramático. Pero como para aligerar la dosis el director se dedica a escabullir momentos de supuesto humor que hacen que engañosamente algunos críticos califiquen esta película como comedia negra. Qué falta de respeto. El humor negro no es un amortajador torpón y nervioso que se tropieza con cuanta cosa se le cruza. Tampoco lo es que en plena limpieza del cuerpo se encuentre con que la señorita que está preparando es en realidad un travesti y se vea obligado a causar la discordia familiar por la decisión de cómo se irá vestido/a hacia el más allá. De esta forma el mismo director se encarga de quitarle la magia que traía implícita aquella milenaria tradición japonesa. Y sobre la insufrible torpeza de Daigo, no conozco de recurso más trillado para llevar a la risa tonta que el hacer que el protagonista se tropiece una y otra vez. No digo que sean incompatibles el drama con la comedia, pero creo que entre ellos existe solamente un nexo posible: el humor negro. Si en un drama introduces chistes de la típica producción gringa de comedia… obtendrás… obtendrás algo como Despedidas, y eso no es nada halagador.

Volviendo a la historia. Después de un día de trabajo, Daigo llegó a su casa y se encontró que su esposa lo estaba esperando. Había regresado, y con buenas nuevas. A este punto ya todos se imaginarán qué era lo que le esperaba a Daigo. La ex señorita estaba embarazada, obvio. Se desaparece tres meses y vuelve embarazada. Lo mínimo que podría decírsele sería un qué cabrona. Se larga tres meses, lo bota al marido, y cuando seguramente se le acabó la plata (porque no te toma tres meses darte cuenta de que estás embarazada) regresa como si nada. Le vuelve a pedir que deje su empleo, a lo que Daigo se niega. Ahora ella ya no reacciona como antes, claro, sin plata no es tan fácil hacerse el duro. En ese momento recibe una llamada del trabajo: había muerto una señora anciana amiga de ambos y madre de un amigo de Daigo. Acuden a la preparación del cuerpo y tanto su esposa como su amigo se dan cuenta de que el oficio de limpiar cuerpos no es para nada deshonroso para quien lo practica si se lo lleva a cabo con la pasión y el respeto que él lo hacía. Se perdonan todo y reina la paz.

Ya para estas alturas la película se estaba extendiendo demasiado, así que lo que se veía venir desde un principio preparaba su llegada. Tantas alusiones a su padre desnaturalizado que lo abandonó en la infancia solo podían pronosticar una cosa: la reconciliación, así sea post mortem. Y en efecto así pasó. Una carta notificando la defunción del señor lo inició todo. Quien la recibió fue la esposa y ella se encargó de anunciarle a Daigo la noticia. Él no quería saber nada. El señor lo había abandonado hacía tiempos y él no era siquiera capaz de reconocer su rostro. Con la mediación de la secretaria de la oficina Daigo accede, y con un gesto ridículamente dramático, de western postmoderno, el jefe le lanza las llaves del carro. Al llegar Daigo se encuentra con un cuerpo completamente irreconocible, totalmente extraño. Obviamente los compañeros de trabajo empiezan con las historias sobre la bondad de su padre, poniendo a remojar las barbas de los inminentemente llorosos espectadores. Daigo empezó con las sobaditas por aquí y por allá. El cuerpo seguía siendo eso y nada más. Continuando con el ritual, parece que los ungüentos surtieron efecto sobre la memoria de Daigo que súbitamente empieza a recordar lo que por veinte o treinta años no pudo. Con un recurso de cámaras baratísimo y en extremo predecible, la cara desenfocada de su padre que guardaba en la memoria gana definición y finalmente es enfocada correctamente en el momento de clímax espiritual, para Daigo, y lacrimal, para la audiencia. Los subtítulos parecerían decir Por favor, llore. El señor que los dejó en el abandono en la infancia, sin dar rastros de vida por años sólo tuvo que morirse para que su hijo lo empezara a querer.

Lo más irritante de esta película es aquella manipulación sentimental que intenta forzar al llanto al espectador. La película no alcanza las cotas dramáticas de otras películas; en cuántas no se le muere al protagonista no sólo el padre, sino la madre, los abuelos, los hermanos, el perro y más que nada el gato. Pero en Despedidas todo está ahí para hacerte llorar. Es un trabajo tosco, al que se le notan las costuras que impiden que la historia fluya con naturalidad. Se dramatiza falsamente la trama, con la ayuda de la música, ella sí muy bonita. Es fácil ver cómo esta película ganó el Oscar. Es la fórmula mágica de Hollywood repetida en Japón. Algo muy fácil de digerir para el público gringo, y con la sazón extra de “exotismo” que los hizo perder la cabeza. En fin, este es otro triste capítulo del cine comparable a Slumdog Millionaire, capítulos a la larga iconoclastas que van haciendo que un Oscar valga cada vez menos a mis ojos. 

Eau-de-vie

n la única esquina libre de la atestada mesa reposaba el paquete. Vestido de papel de empaque marrón, ese que él prefería por elegante y familiar, esperaba por los últimos suspiros de un cigarrillo. Escribió la letanía que un funcionario al otro lado del océano usaría para llevar el paquete al dueño de ese nombre. Empeñándose en cada letra creía inflarlas de una solemnidad ineludible. Pero ni siquiera el cerco caligráfico con el cual pretendía salvaguardar sus paquetes lo había salvado de las bochornosas inspecciones en la oficina de correos. Le era insoportable la sequedad que le quemaba la boca cuando una a una iban cayendo sobre él las miradas de los presentes. Chocolates a medio comer, libros raídos, conchas marinas, piedras de río… Sus envíos parecían siempre fragmentos de un mercado de pulgas. Sabía que ese día no iba a ser la excepción. Muerto el cigarrillo apagó la radio y salió sin echar llave.

Iba por la calle, que a esa hora se presentaba bastante animada, con el paquete bien pegado a su cuerpo. Era frágil y le parecía inadmisible ser él el culpable de cualquier daño. Se esforzaba por mantenerlo derecho si bien sabía que una vez fuera de su vista sería tratado sin la menor consideración. El aguardiente anisado tenía que mantener su silueta de botella por lo menos hasta la oficina postal. A partir de ese momento todo dependería del azar. En el interior se agitaban también dos pepitas rojinegras. Eran las semillas de alguna flor tropical que había encontrado en su neurótico curiosear por mercadillos recoletos. Las dos pepitas viajaban cómodamente en una bolsa de cuero, curtida por los años de servicio.

En el correo, la rutina de siempre. Tomar un turno, esperar, abrir el paquete, ignorar amablemente los gestos entre burlones y condescendientes del funcionario, comprar los sellos, despachar el paquete y retirarse sonriente porque te están filmando y has de volver pronto. Lo que lo ayudaba a soportar la humillante ceremonia era su convicción inamovible de que los engañaba. Pagaba cumplidamente hasta el último centavo del franqueo, pero bajo cada estampilla embarcaba un beso polizón que descendería sin ser visto en los labios siempre frescos de Julia. Nunca podrían tasar eso. Así fundamentaba su superioridad. Siguió al milímetro la rutina y al salir se encontró de frente con el calor del medio día.

***

Desde su altillo de estudiante en exilio voluntario, Julia contemplaba el vuelo de las palomas,  sombras de escuadrones aéreos de antiguas guerras. El invierno era siempre así: mucho frío, pocos amigos, nada que hacer. La única distracción en aquellos meses, en los cuales su reducido círculo de conocidos se disgregaba en búsqueda de latitudes más cálidas, eran los envíos de su Gonzalo. Era él el único que sembraba vida en el casillero postal que colgaba de la puerta; él, y las grises cuentas y facturas que le recordaban que al fin y al cabo esa no era sino una cajita de metal de veinte por treinta. Antes, cuando vivían juntos, él había escogido la mesita de noche como el lugar donde plantar sus sorpresas. Gonzalo tenía el talento de regalar. Sabía darle el significado adecuado a cada regalo para hacerlo trascender del soso compromiso. Sin acceso al velador, por motivos clarísimos, le tocaba al correo ocupar ese terreno.

Cuando escuchó detenerse el camión del correo, se abalanzó a la ventana. En soledad el tiempo pasa sin prisa, y ese paquete ya se había hecho esperar demasiado. Perpendicularmente, lo miraba hacer al cartero. Una vez depositada la correspondencia en los casilleros, se descolgó escalera abajo en alas de la desesperación. Las mismas alas le sirvieron para subir de regreso y dejar el paquete sobre la mesa junto a la ventana. Lo arrugado del envoltorio no disonaba en lo más mínimo con el ceñudo mantel, parecían dos rostros amigos y ancianos bajo la veleidosa luz invernal.

Alzando el paquete en sus manos notó la costra de papel, aquella marca imborrable que los líquidos dejan sobre éste. Con precauciones quirúrgicas retiró el papel marrón tan conocido para ella, la caja de cartón presentaba las mismas huellas que el papel. El movimiento delataba ruiditos cristalinos que jugaban a las escondidas. Abrir la tapa fue la liberación, el alma encerrada se desprendió de ese cadáver de botella y el anís dio una caricia al olfato. Los restos de cristal, apertrechados al fondo de la caja, preparaban su defensa. Los dedos curiosos y delicados de Julia los vencieron, los fueron sacando uno a uno mientras su mente intentaba entender ese rompecabezas corto punzante. Unas puntas que no eran de vidrio se encontraron con sus dedos, era una tarjeta pequeña, la leyó, la tinta como acuarela dejaba adivinar una invitación a un brindis, tal vez las más dulces palabras de amor.

Todos los esfuerzos de Gonzalo de nada habían valido, la botella había colapsado y ya sólo quedaban escombros. Con ritmo casi litúrgico los removió hasta hallar algo seco y quebradizo que se pulverizó al tacto. La bolsa de cuero estaba a pocos centímetros y fue lo siguiente en salir. De su abertura manaban dos tallos, uno en acefalía por la imprudencia de Julia y el otro con una magnífica flor marchita. Los pétalos que habían sido rojos eran un coro de viejas que entonaban dulces cantos. Una constelación de pistilos coronaba el centro de aquella flor asesina que había sacrificado la botella para subsistir. Aquellas semillas le habían robado la vida al licor, l’eau-de-vie había sido secada hasta la última gota. Las flores habían bebido de la sangre de la botella. Ahora estaban todos muertos.

16.10.10

Un paso atrás

n medio de la alegría por el nuevo camino que en creación cultural estoy convencido ha tomado el Ecuador, recibí ayer una certera cachetada que me bajó de las alturas de la dulce embriaguez. La cachetada me la propinó justamente uno de los miembros de estas filas de rescatistas encargados de poner las artes ecuatorianas a buen recaudo: Fernando Mieles con su opera prima Prometeo Deportado. El anuncio de la próxima aparición de una película ecuatoriana es de las mejores noticias que pueda recibir, y cuando me enteré de esta, con su atractivo nombre, fue prioridad el ir a verla, más aún cuando vi que actuaban en ella los por mi muy respetados Peky Andino y Juana Guarderas. Mi emoción se basaba además en que creía que aquel apelativo de “cine ecuatoriano” se había limpiado ya de todos los elementos folklóricos que hacían de nuestras películas meras láminas como las que comprábamos en la escuela; guías didácticas para gringos sobre todo lo de curioso que tuviéramos aquí. Creí que aquel gentilicio servía ya únicamente para llenar el campo “País” dentro de cualquier base de datos. No creo en filmografías nacionales. No creo que fronteras imaginarias definan los parámetros de la creación, no ahora al menos, con las fronteras volviéndose cada vez más difusas. Desde hace algunos años ya el cine es de los directores, único ente soberano de la obra (sin considerar variables importantes también pero que no vienen mucho al caso, como son presupuesto, actores, productores…). Hace décadas sí que se podía hablar de un carácter nacional de ciertos cines. ¿Quién podría obviar los denominadores comunes que mantenían dentro de sus filas cines como el mexicano, el italiano o el soviético? Seguramente eran etapas necesarias para plantar cimientos fuertes para una infraestructura seria de creación cinematográfica. Siendo el nuestro un cine tan niño, aunque quisiera creer que ya en los umbrales de la pubertad, tenía que pasar por esto. Producto de este período tenemos aquellas horrorosas películas “visite mi país”, todas llenas de nuestras hermosas montañas, de paisajes que te quitan el aliento y del ecuatoriano “pobre pero honrado”. Se me viene en mente Qué tan lejos… Esta etapa había muerto magistralmente eliminada por la incendiaria Black Mama, que usando los mismo elementos de ese cine postal se arregló para destruirlo. La misma sonrisa socarrona con que, por sobre el hombro, veía Don Quijote a Alonso Quijano.

Así las cosas, la cartelera nacional era sumamente prometedora. Después de dos horas y pico de Prometeo deportado debo decir que hemos dado un paso atrás. Esta ni siquiera es una película, es un compendio de ideas gastadas y poco originales sobre nuestro país. Tengo la seria sospecha de que se filmó sin guión alguno. Qué difícil me es dar un resumen de la obra, fueron más de dos horas en blanco que transcurrieron demasiado penosamente, especialmente si se considera que uno paga por ello. Sudando un poco puedo decir que es la historia de un grupo de ecuatorianos (muy heterogéneo; tanto, que parece propaganda del Ministerio de Inclusión Económica y Social) atrapados en la sala de espera del aeropuerto de algún país extraño donde se habla el español al revés (ìsa) y nos odian por viajar, literalmente, con la casa encima. Los confinados no reciben noticias sobre su situación y cada vez llegan más y más compatriotas, por lo que empiezan a surgir problemas con la comida, el aseo y el descanso. Un buen día deciden organizar una suerte de sociedad que termina explotando y quedando a merced de un nadador malvado y ojeroso. La opresiva organización muere pronto cuando la nueva pareja, que forzosamente debe aparecer en este tipo de películas, encuentra dentro de un baúl un camino de regreso al país que tanto putearon. Por este hueco en el tiempo y el espacio todos regresan al Ecuador y viven felices para siempre.

Todo eso, que tampoco es mucho, ocurre en tal sólo una sala del aeropuerto. El cine inmóvil, estático, tiene que sostenerse por ley en diálogos poderosos, o en imágenes poéticamente bellas; elementos ambos inexistentes en la película. Es tan loable la valentía del director como reprochable su insensatez al probar suerte con esta modalidad cinematográfica tan complicada, que tal vez sólo en Hitchcock haya visto triunfar. ¡Dios mío pero si hasta él hacía películas cortas cuando todo sucedía en una sola habitación! Mieles se endulza en la cinta y tira más allá de lo que le da la sábana. En la catarsis de su ecuatorianitis puebla la trama de los personajes tipo que según él nos definen como país: el típico político oportunista, el típico chulquero charlatán, las típicas viejas curuchupas, la típica cholita que se jura gringa… Personajes que están bien para unos cachos, pero para nada más. El único personaje con potencial, por demás desperdiciado, vendría a ser el escritor, interpretado por un Peky Andino reducido a leer definiciones enciclopédicas de ciertas palabras y a repetir infinitas veces la misma carta para todos los migrantes. Como todos los personajes del filme está siempre rodeado de sus elementos “característicos”, en este caso sus libros. Tal vez haya aquí uno de los poquísimos aciertos en la película, ya que como metáfora del paso del tiempo el número de libros se incrementa sin tener una verdadera razón para ello; sin duda un coqueteo del director con el realismo mágico. Con el resto de personajes este artificio pierde su gracia por las cotas de cliché que alcanza, como cuando en la maleta de la Juana Guarderas ocurre de repente el milagro de la multiplicación de los caldos y los cuyes y sin ningún problema todos pueden servirse un suculento cuy acompañado de un buen caldo de manguera.

Toda creación es un proceso, y como tal tiene un cierto orden que debe respetarse. Se deben crear las ideas para la película, mas no la película para las ideas porque esto sería violentarla, como pasa en la obra que nos atañe. Esa introducción por la fuerza de lo ecuatoriano logra lo opuesto a su objetivo y aleja la película de su intención de retrato. Es absurdo ese intento deliberado de “ser” ecuatoriano que se ve en el trabajo de Mieles. Ecuatorianos somos ya por el hecho de estar acá, ¿por qué redundar? ¿Acaso Ratas, ratones y rateros no es una película ecuatoriana? ¿Vemos en ella aquel exhibicionismo nacionalista que en Prometeo? ¡En lo más mínimo! Porque esta sí es una película seria. El cine no puede estar confinado a un solo país, y peor a uno tan pequeño como el nuestro; por tanto el reto es crear una película que pueda ser vista por todos en todas partes. A Prometeo no la entenderán ni siquiera en Colombia ni en Perú. De verdad espero que esa película se quede aquí, para lavar la ropa sucia en casa.

Pudo haber sido un trabajo sobre los dramas de los migrantes, desde el punto de vista del realismo social; o una divertida historia de seres atrapados por el color de su pasaporte, ayudado por diálogos sólidos donde era Peky Andino el llamado a descollar. El resultado final es una muestra de la estrechez de vista del encargado de capturar su concepto de Ecuador por el ojo de esa cámara. Pensar que el país está limitado por un cuy, un caldo de manguera y una funda de mote es una crasa ignorancia. Me sorprende esto porque de la misma película se puede deducir que el director no es un completo imbécil. Aventura subrepticiamente ciertas referencias a la mitología griega que hablan de un nivel cultural, si no indispensable, al menos deseable en todo artista. El Prometeo mitológico que entregó el fuego para bien de los humanos y que pena con fe en su salvación es reemplazado por un mago buena gente, igualmente esposado, que es el único que guarda la compostura hasta el final cuando logra la libertad. Las bellas tres Gracias; Áglaya, Eufrósine y Talía; se encarnan en una versión un poco devaluada de ellas mismas y se vuelven tres viejas curuchupas llamadas todas con variaciones del nombre Gracia. Igualmente el mago Prometeo se encarga de amenizar a los atrapados contando uno de los mitos griegos de la creación.

Quisiera poder rescatar algo más pero eso sería un chauvinismo imperdonable. Por el momento dejémoslo a Mieles con su berrinche de “yo soy ecuatoriano”, seguro se cree mejor ciudadano que Abdón Calderón. Por su bien y por el del cine en general le deseo más suerte en sus próximos trabajos. Afortunadamente se nos viene el trabajo de un grande, Rabia de Sebastián Cordero; él también es de los nuestros y sin necesidad de tatuárselo en la frente. Porque como espectadores nos merecemos mucho más, y como país estamos en capacidad de hacerlo, Prometeo deportado recibe de mí la peor de las calificaciones. Punto, se acabó, tengo poco que agregar que no me revuelva más la bilis.

27.9.10

El Universo T


arantino me encanta. La firma de este gringo de amplia frente me da a priori la garantía de calidad que es necesaria para empezar a adorar a un director por sobre sus obras. En el cine detesto los disparos, me dan náuseas los ríos de sangre y vértigo las persecuciones a alta velocidad; la Santísima Trinidad hollywoodense. Pero a Quentin Tarantino no solo le tolero estos artificios si no que casi se los exijo. No conozco de otro director que logre presentar la ultraviolencia (a excepción de Kubrick en La Naranja Mecánica. Sólo en esa, porque en Full Metal Jacket sí padecí, aunque no deja de ser un peliculón) de una manera tan fresca y espontánea. Como quien no quiere la cosa, Tarantino hace malabares con armas, heridas y muertes, y termina en las antípodas de la hostilidad y la rudeza. Es tan intensivo el uso de la violencia en sus obras que llega al punto en el que al espectador sólo le quedan dos reacciones posibles, las arcadas o las carcajadas, y con una elegancia para nada despreciable él logra siempre llevarnos hasta estas últimas. La violencia se pasea por el universo T como una juguetona y jovial ninfa, siempre dispuesta a la broma, y no como las terribles y graves gorgonas a las que recurren la mayoría de películas; no sé por qué se me viene a la mente Saw… No sabría precisar el por qué de esta diferencia; tal vez en esa ignorancia resida el motivo de mi afición; pero, aunque con mucho riesgo a equivocarme, me aventuraría a decir que todo se debe a la personalidad del director. Creo ver en Tarantino, a través de sus películas, la sanísima costumbre de reírse de uno mismo. Y aquí entra, por fin, el motivo originario de esta perorata; la última película que vi: El Mariachi, la producción mexicana. Una película tarantiniana a carta cabal. Tanto lo es, que el ya citado director filmaría años más tarde su propia versión de la misma. Si una película tiene actuaciones forzadas, un guión forzado y un final forzado, forzosamente pensaríamos que se trata de un pésimo trabajo. Mas no. No, no, no. Esto no se aplica con El Mariachi. Sin ser una joya indispensable del cine mundial, es mucho más potable que un sinnúmero de películas de mayor presupuesto. De hecho, me fascinó. ¿Cuál es la clave? Lo ya dicho anteriormente: el saber reírse de uno mismo. El conocer las propias limitaciones y no esconderlas con vergüenza si no explorarlas y sacar lo que de potencialmente bueno haya en ellas. Como Ícaro, las obras se pierden por tratar de ser lo que no son. Se intenta encuadrar en Comedia películas sosas, películas predecibles dentro de suspenso; y causan más rebulicio con esas nebulosas clasificaciones mixtas del tipo drama-comedia, suspenso-aventura, etc. Alas de cera, todas. Estoy convencido de que el director de El Mariachi no estaba pensando cómo definir su película. De seguro que el director de El Mariachi estaba gozando su trabajo, a pesar de estar consciente de sus falencias. Y esa honestidad yo la agradezco, y me imagino que Tarantino hizo lo propio en su momento. El hecho de que un director de su talento (a nadie le sale Pulp Fiction por error) tome elementos del “otro” cine, de aquel cine hasta cierto punto guerrillero por irregular y marginal, me parece de una audacia admirable. Podría ser mal visto como un plagio, pero sin duda Tarantino salva su pellejo por la gratitud que no ha ocultado hacia las películas de bajo presupuesto. El conjunto de su obra me parece un justo homenaje al cine clase B, relegado actualmente por las cadenas de salas que extinguieron al cine de barrio. Hay un afán lúdico y una jovialidad inmortal en su trabajo. Alguien dijo: “No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella.”. Tal vez sin saberlo Tarantino es fiel discípulo de esta máxima, y en su formación como persona y como creador no es poco el papel que jugaron películas como El Mariachi. Razón de más para verla, ¿no?

10.9.10

La muerte de don Rodrigo


entro de quince minutos el reloj de la pared marcaría las diez de la noche, la hora escogida para dar formal inicio a la ceremonia. Dos escuetos arreglos florales flanqueaban el cajón y procuraban darle color a una más bien pálida y desolada habitación. Solo los familiares y amigos más cercanos se encontraban ya en la sala, paseando sus ropas negras y obligadamente cariacontecidos. No eran muchos, por cierto, ya que don Rodrigo no era exactamente una persona popular. Personificación del burócrata promedio, había quemado su vida en un cubículo de dos por dos que lo entronaba como subjefe de alguna impotente sección de la función judicial. Ignorado por sus superiores, detestado por sus dos o tres subalternos (que lo habían honrado con el nobiliario “don” tan solo para no recordarle su título de doctor, que por innúmeras perradas de la vida nunca pudo ejercer); don Rodrigo navegaba a la deriva en su consciente ridiculez y una incipiente obesidad. Con un currículo como este, no fueron pocos los que pensaron que su muerte era la primera cosa positiva que le pasaba. Lástima que seamos objetos de una sola vida.


-¡Ya vienen! ¡Ya vienen!-dijo Irmita, la eterna compañera de chismes de Rosita, la viuda.
Sin poder disimular enteramente la sorpresa de que llegue gente, Rosita se dirigió a ocupar su puesto de mujer del difunto, a escasos metros del ataúd. Los misentidopésames, los losientomuchos, los estáenunlugarmejor, y todas las frases hechas que se inventaron para darnos una mano a los que nunca sabemos qué decir en ese tipo de circunstancias, llenaron el espacio de esos abrazos vacíos. Media hora después, y de acuerdo al plan, llegó el cura para dirigir los rezos. Por pedido especial de la hermana del finado, Rocío, de ocho añitos, sobrina de don Rodrigo, iba a tocar la guitarra para acompañar los cánticos. Desde el taburete que le serviría de altar en la fugaz ceremonia, el cura pudo comprobar la heterogeneidad etaria de los asistentes. Eran trece personas, desde los seis años hasta los setenta. Divididos por edades cada grupo tenía su entretenimiento. Los mayores, más formales, se encargaban de asistir a la viuda, que, para sorpresa de todos (y de nadie), parecía no darse por enterada del suceso y con mirada serena guardaba silencio. De los jóvenes, los niños jugaban apocadamente y los mayorcitos se conocían entre sí.
-Hijos míos-dijo el cura, intentando meter orden en esta ceremonia que se parecía cada vez menos a un velorio-vamos a rezar por el alma de nuestro hermano Rodrigo, que hoy ha partido para encontrarse con…
Veinte minutos duró la misa, siempre pegada a la norma tácita del “no hay muerto malo”. Los talentos de Rocío con la guitarra no fueron los suficientes para que, rasgándola, humedeciera los ojos de algún asistente. Acabada la misa los niños salieron en estampida hacia el patio a jugar, probando un poquito de la noche que los adultos les suelen negar con sus horarios para ir a la cama. Los jóvenes, de igual forma, rehuyendo a la rigidez obligatoria fueron a refugiar su espontaneidad bajo la sombra nocturna del árbol del jardín. Es fácil la labor para todos cuando la viuda llora desconsoladamente. La receta del médico dice; abrazarla, darle un té y llevarla a que tome aire. Rosita acababa de perder al hombre con el que había estado unida y que había amado por más de cuarenta años y por mucho menos de cuarenta, respectivamente, y en su rostro despejado no se veía la menor contrariedad. Ninguno de los presentes sabía muy bien cómo proceder. Al ser familiares y amigos cercanos sentían la obligación de estar tristes, pero sincerándose secretamente descubrían lo muy poco que los movía la muerte de don Rodrigo. La misma actitud de la viuda era una especie de licencia para con ellos mismos. Al principio forzadamente, pero luego con una naturalidad creciente, la conversación fue derivando a temas cada vez más banales. Por igual, el volumen de las voces, que empezaron como tibios murmullos, terminó sobrepasando el nivel de la normalidad. El olor de las flores fue tapado por el de café con ron que felizmente alguien preparó, y con esto el último recuerdo abandonó a don Rodrigo, en esa su noche póstuma.

-¡Que viva el muerto!
Fue el aguardentoso grito de Gonzalo, Gonzalito, el borracho a tiempo completo de la casa de al frente. Borracho perdido pero querido por todos. Jamás una pelea, nada de obscenidades con las mujeres que pasaban por la calle; era además el diario amoroso de muchos jóvenes que entre las rondas que él siempre pagaba le iban justificando cada lágrima.
-Siéntese don Gonzalo, tómese un cafecito.-se acercó hacendosa Irmita.
Nadie le había dicho nada pero al enterarse por terceros, y seguro de que en toda reunión tenía que haber alcohol, se dirigió lo menos zigzagueantemente posible al velorio. Una vez seca la taza de café cogió con sus trémulas manos la guitarra. No eran ni siquiera acordes lo que Gonzalo empezó a tocar, hasta que alguien le gritó:
-¡Tócate una de las tuyas Gonzalito!
Si ya ni usted, lector, se acuerda de don Rodrigo, mucho peor se iban a acordar ellos, cuando Gonzalo luego de treinta segundos de silencio, comenzó con el que, según sus amigos, sería su concierto más memorable. Solo los niños dormían rendidos en las pocas sillas libres que había. Los jóvenes, ya hechos amigos y más que amigos, vibraban al igual que los mayores con la música. La concurrencia se había casi duplicado gracias a todos aquellos pasantes trasnochados y curiosos que se sumaban a la extraña celebración. En el abrupto final de la cuarta canción Gonzalo posó la guitarra en el piso y dijo:
-Tengo sed.
Como palabras salidas de la boca de un gran jeque árabe, alrededor de diez personas se levantaron en el acto y fueron en búsqueda del único templo que está abierto las veinticuatro horas: una licorería. Volvieron cargados de botellas que las depositaron como ofrendas a los pies de Gonzalo. Lubricadas las gargantas de todos, la interpretación de Gonzalito se hacía más desgarradora, los coros de los asistentes más destemplados pero más sentidos y los besos y abrazos de las parejas ad hoc más ardientes cada vez. Los ramos de flores, antiguos guardianes del cuerpo de Rodrigo, fueron saqueados por hordas de súbitos Abelardos y Eloísas, sedientos por dejarle votos al amor y la pasión. Algunas parejas iban descontándose poco a poco, buscando para amarse un lugar que se preste. Y la sobrina mayor del finado, Carmen, de 37 años, siempre soltera pero nunca sola, no fue la excepción; enrollándose con un hombre que llegó sin saludar y se fue sin despedirse, y del que nadie, salvo ella, supo el nombre. Los egos y las hombrías infladas por el licor; como las pétreas nubes que al chocar encienden un rayo; sacaron a relucir los puños y en unos pocos rounds se curaron viejas heridas, abriendo nuevas pero de carácter más fugaz. Así fueron cayendo los últimos sobrevivientes de aquella orgía de alcohol, música y sentimientos exaltados. Sólo Gonzalo, viejo zorro entrenado en estos lances, estaba de pie cuando a las seis de la mañana llegó la carroza fúnebre. Con la ayuda de una desaliñada Rosita y de algunos niños que se habían levantado ya, fueron despertando uno a uno a los cuerpos que iban encontrando por toda la casa. Tras haber pagado un extra al joven de la carroza por su promesa de olvidar lo visto en la casa ese día, embarcaron a don Rodrigo en el carro y salieron, los que pudieron, en silenciosa procesión con la mirada gacha por el peso de la noche anterior. Lo que nadie pudo ver fue la sonrisa escondida que todos y cada uno de ellos llevaba en sus labios a pesar de la vergüenza que su consciencia los obligaba a sentir. Muchos se quedaron en la casa, unos reconociendo recién la persona a la que amanecían abrazados, otros reconstruyendo el por qué de sus moretones o de sus dientes faltantes. Se fueron yendo a medida que se iban despertando, algunos con promesas de volverse a ver.

Dicen los vecinos de otros barrios que vieron pasar la procesión, que nunca habían visto un grupo de gente tan abatida y de aspecto tan penoso como aquel que acompañaba al muerto aquella vez; todos iban con la mirada clavada al suelo. Se nota que le querían al señor, que en paz descanse.

31.7.10

El gay David


o es secreto para nadie que en el mundo antiguo, me refiero al anterior a la aparición del catolicismo como tal, la bisexualidad se vivía de forma plena y abierta, sin pudores, y hasta constituía un distintivo de clase. En la antigua Grecia eran solo los pudientes quienes podían convertirse en erastés y costearse un jovencito erómeno. Para más ejemplos esclarecedores sobre la difusión de la homosexualidad basta ojear cualquier obra del Marqués de Sade. El principal responsable de la satanización de la sexualidad en general, y con mayor ahínco de la homosexualidad, fue la Iglesia Católica. En la zona de Medio Oriente, los descendientes de Abraham no eran extraños a esta libertad sexual. Lo explícito de las prohibiciones y el número de las mismas que en la Biblia impone Yavé con referencia al encuentro sexual entre individuos del mismo género, nos dan una idea de lo difundido de esta práctica. El caso más conocido es el de Sodoma, ciudad en la cual sus habitantes intentaron violar a los enviados de Yavé en la casa de Lot. Una historia idéntica se repite en la ciudad de Guibea, con un levita que va de paso por la ciudad (Jueces 19). Estos dos son casos explícitos, pecaminosos según el dogma, y se los podría considerar impropios para las “sagradas escrituras”, pero es claro que el Vaticano las ha dejado ahí a lo largo de todas sus revisiones de la Biblia para desmotivar este tipo de conductas. Pero hay un caso de homosexualidad que se presenta de forma velada, con toda la intención de que pase desapercibido, e involucra al que tal vez sea la figura máxima del Antiguo Testamento.
En aquel tiempo en Israel había un rey, Saúl, ungido por el sacerdote Samuel por orden directa de Yavé, que a su vez obedecía el mandato de su pueblo que le pedía un hombre para ocupar esa dignidad. Samuel se mostró contrario a esta exigencia por considerarla una afrenta a la autoridad divina, pero intervino Yavé y aplacó su ánimo prometiéndole terribles castigos para Israel con el nombramiento de Saúl. El rey fue al principio un favorecido de los cielos, pero estos; fieles a su costumbre de hacer caer a los mortales para luego castigarlos por eso mismo; lo hicieron desobedecer una de sus órdenes (1 Samuel 15). Con esto Saúl cayó en desgracia ante la deidad y esta le anunció la llegada de su sucesor. Se comunicó con Samuel y le indicó quién debía ser el nuevo líder de las huestes de Israel. El favorecido fue un pastor de ovejas, el menor de los hijos de Jesé, natural de Belén. Se llamaba David, famoso luego por vencer al gigante filisteo Goliat. Atraído por este nombre que se iba forjando David, Jonatán, el hijo de Saúl, se acercó a él y “comenzó a quererlo como a sí mismo” (1 Samuel 18:1). Si uno compara esta relación de “amistad”, que ha sido llamada platónica por la Iglesia, con las otras de la Biblia va a notar que la familiaridad del trato de los personajes no es habitual. A la sociedad israelita de aquel entonces se la nota más bien parca y distante en su trato, además de sumamente verticalizada. Pero entre David y Jonatán se nota una devoción anormal, que hace al futuro rey cantarle a su amigo lo siguiente, cuando se entera de su muerte: “…tu amistad era para mí más maravilloso que el amor de las mujeres.” (2 Samuel 1:26). (En algunas traducciones leí que en vez de la palabra amistad usan la palabra amor). Pero el pasaje más comprometedor se encuentra en el primer libro de Samuel. Saúl, advertido del peligro que constituía David para su reinado, comienza a perseguirlo y asediarlo. Jonatán descubre las maquinaciones de su padre y se preocupa por la integridad de su amigo, así que corre a avisarle. David huye y se esconde en diferentes ciudades del país. Cuando Jonatán vuelve a interceder por la vida de David su padre explota y le suelta lo siguiente:
“¡Hijo de mujer perdida! ¿Acaso no sé yo que prefieres al hijo de Jesé para confusión tuya y vergüenza de tu perdida madre?” (1 Samuel 20:30)
¿Hijo de mujer perdida? ¿Para confusión tuya y vergüenza de tu madre? Hay que notar que el comportamiento de Jonatán hasta ese entonces era intachable y que no había cometido, abiertamente, ninguna falta que pudiera manchar de vergüenza a su madre. Otro aspecto importante en la cultura israelita era la fatalidad del destino impuesto por Yavé y los castigos que este repartía a la descendencia de los pecadores. Siendo la madre de Jonatán una “mujer perdida” no sería extraño que Yavé la hubiera “castigado” con un hijo homosexual, orientación que era toda una afrenta para las nuevas leyes de Israel. Al decir “confusión tuya”, estaría dando a entender que Jonatán equivoca el camino, que se decanta por las antiguas leyes de los dioses de antaño que eran más liberales en materia sexual que aquellas que Yavé estableció en el Levítico y el Deuteronomio. En tiempos antiguos era habitual que la subordinación militar se tradujera también en subordinación sexual, y era normal que un general tuviese entre sus inferiores a su amante o amado. De hecho, hay teorías que dicen que la palabra esclavo en la Biblia ha sido mal traducida a propósito, restándole las connotaciones de sumisión sexual que traía consigo. David, como general máximo de las tropas de Israel, tenía bajo su mando a Jonatán.
Según el dogma David es el esbozo de lo que será Jesús en el Nuevo Testamento. Es el Rey de Israel por excelencia, nacido en Belén y antecesor directo de Jesús, el Rey de toda la Humanidad. Los deslices de David fueron sistemáticamente ignorados por la doctrina y, en la Biblia, por Yavé. Cualquiera que la haya leído puede dar fe de que (con música de Cerati de fondo “…sé que Dios es bipolar…”) Yavé cambia de genio como en Ecuador cambiamos de presidente. Por afrentas similares contra sus leyes destruyó Sodoma, Gomorra e hizo que cayera Guibea, mientras que David goza del favor de toda la cristiandad. Cabe decir además que es un símbolo entre la colectividad cristiana gay, que es grande. Como diría Manuel Calisto en la película Cuando me toque a mí: hasta para entrar al cielo se necesitan palancas.
Amén.

11.7.10

Al sur de la frontera: la historia de un gringo enamorado

Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.
Eduardo Galeano


uando salí de la sala tenía dentro de mí un torbellino. En parte por las poderosas cervezas de 8º de alcohol cada una y además por lo azaroso del tema, no tenía ganas de comentar la película si no de gritarla. Si vas al cine y al salir de la función se inicia un debate sobre lo visto, es porque el director ha logrado su objetivo. Yo salía de ver “Al sur de la frontera” del izquierdoide Oliver Stone, y había, como nunca antes, campo fértil para la discusión. Para los que no sepan de qué demonios estoy hablando, me refiero al último trabajo del citado director. Es un retrato de los líderes latinoamericanos satanizados por los medios de los EEUU. Obviamente la mayor parte del pastel se lo lleva Hugo Chávez, que mal que bien (más mal, a decir verdad) es el más llamativo de todos. Después asoma Evo, con el referente importantísimo de ser (como diría una amiga, finalfuckingmente) el primer indígena al mando de su nación indígena. El resto del show se lo reparten Lula, los Kirchner, Correa, Lugo y Raúl Castro. A Chile ni se lo nombra y creo que esto se debe a que el público al que está dirigida la película es esa masa idiota de gringos víctimas de sus propios medios de comunicación, que creen que al sur de su triste muro no hay más que una horda de salvajes que bailan bien y que con cocos y lanzas quieren revivir Apocalypse Now. Desconozco la opinión que de Chile tengan en los EEUU pero estoy casi seguro de que no puede ser mala. Tal vez sientan ahora el chuchaqui moral de haber sido tan descaradamente pinochetistas y esto los obliga a ser condescendientes.
Como dije, el objetivo es el público gringo, pero a ningún latino le haría mal verla. Es una mirada, si bien no desapasionada, más alejada que la que cualquiera de nosotros podría brindar. Además nos muestra el obtuso punto de vista gringo sobre la situación, por ejemplo con la crasa ignorancia de una rubia presentadora de noticias que creía haber hallado la explicación al problema venezolano con el dato de que Chávez era drogadicto porque masticaba hojas de cocoa. En su ayuda salió su compañero a corregirla y decirle que eran hojas de coca, no de cocoa. Pero ni así lograron dilucidar lo que cualquier niño boliviano analfabeto y desnutrido sabe: que la coca es a la droga lo que la rubia citada a la inteligencia. Tuve que reír para no llorar…
Algo que hay que reprocharle a la película es la idealización de los personajes. Tal vez se deba a que para alguien inmerso en el aburridísimo mundo político estadounidense el despertar latinoamericano sea sencillamente fascinante y trascienda el pensamiento racional. La situación actual de Latinoamérica es única. Unos con políticas serias y otros con discursos populistas y añejos, pero todos con un nuevo objetivo que se llama como nosotros y habla español. La película se centra justamente en esto, la cara bonita de la moneda. Para ver la cara fea nos basta salir a la calle o leer el periódico. Apenas si se nombra la crítica situación de los derechos humanos en Venezuela, pero se recalca que en la misma materia el mayor aliado de los EEUU en el mundo, que es Colombia, está mucho peor. (Si no me creen lean sobre los falsos positivos). A Evo se le perdonan sus declaraciones calvo y homofóbicas. De Lugo no se dice que es parte activa del gremio de quienes son tratados de “padre” por los que no son sus hijos y de “tío” por los que sí lo son. De Correa… Bueno de Correa no se dice casi nada, pero se le da la oportunidad de hacer lo que mejor sabe: hablar. Si los EEUU quieren mantener la Base de Manta, no veo por qué no podríamos nosotros instalar una base ecuatoriana en Miami. Eso dijo, y me confirmó en mi teoría de que Silvio Rodríguez pre visualizaba a Correa cuando escribió sobre la mirada constante, la palabra precisa y la sonrisa perfecta.
La película en EEUU recibió críticas por parcializada. Y sí que lo es, pero no hay que olvidar que la objetividad es un mito, y tampoco veo que el director se haya dejado comprar. Para quienes hayan visto “Fidel”, del mismo Stone; este documental es la extensión al sur del ya citado. Tiene el mismo ritmo, donde los presidentes son los protagonistas y el director lo que hace es guiarlos a las aguas tranquilas de un retrato benévolo pero no proselitista. Michael Moore niega, Oliver Stone afirma. El trabajo de ambos es de lo más saludable para los EEUU y el mundo. Pero como John Lennon perdió la cabeza por Yoko Ono cuando en su muestra vio escrito simplemente “YES” en medio de la ola de negaciones de la sociedad, yo me quedo con Stone. El gringo está enamorado de nosotros. Dejémoslo que viva su idilio.

15.5.10

Salsa en la jungla


orría el año 1974, que los fanáticos del boxeo veían como uno de los más prometedores y excitantes de la historia. George Foreman era el campeón indiscutible de los pesos pesados con un impresionante currículo de KO’s y victorias. Muhammad Ali por su parte acababa de salir de su suspensión por negarse a enrolarse en el ejército estadounidense interventor en Vietnam; tras algunos traspiés iniciales había recuperado su nivel y se encontraba listo para tentar la, para él ya conocida, gloria boxística. El lugar escogido para la hazaña no podía más heterodoxo. Kinshasa, Zaire. Ambos boxeadores eran de raza negra, por lo que los organizadores concibieron este espectáculo como un estrechón de manos en pro de la solidaridad entre los pueblos negros de América y de su nativa África. Obviamente un gesto de esta naturaleza no podía circunscribirse al terreno deportivo, ya que de los más grandes y curiosos (por tanto dignos de ser remarcados) hitos del desarrollo cultural de América son de autoría de ese pueblo que llegó a ahogar su vida en lágrimas y sudor. De esta consideración nació el Festival Zaire 74. 31 grupos musicales. 80000 asistentes. 3 días de música como preámbulo a la pelea del siglo, “The Rumble in the Jungle” como se la había bautizado. Popularmente pasó a ser conocido como el Woodstock negro, y es que los músicos que intervinieron eran en su mayoría afro descendientes. Tocó B.B. King, tocó James Brown, pero el extracto que yo pude ver de este concierto está dedicado a esa constelación llamada La Fania All Stars. Celia Cruz, Cheo Feliciano, Ray Barretto, Johnny Pacheco, Héctor Lavoe y muchos más (desconozco la razón pero faltaba Willie Colón) hicieron volar el Estadio 20 de Mayo en la ahora llamada República Democrática del Congo. Las cámaras muestran la euforia de ese pueblo francófono, seguramente sin entender mucho pero sintiéndolo como solo se hace en tierra caliente, cuando reciben a sus hermanos latinoamericanos. Con una barrera tal, impuesta por el idioma, fue acertadísima la decisión de Celia de abrir con la intrigante Quimbara. La explosividad de los vientos y la percusión, junto con ese estribillo ininteligible se coló enseguida en la gente, que lo coreaba como si estuviese en su lengua. Era en realidad conmovedor ver a los niños africanos con su inmensa sonrisa de marfil bailando y cantando ese ritmo que tal vez era la primera vez que escuchaban. Del africanoide Quimbara pasaron a la cubanísima Guantanamera, claro, con Celia a la voz. A esta canción era difícil que alguien la coree, pero el baile no faltó. Si hay una raza dotada con el ritmo absoluto esa es la negra. De Cuba pasaron a Puerto Rico con Cheo Feliciano y su El ratón. A esas alturas cualquier observador hubiera notado ya que ese muchacho flaquito y desgarbado con aire tímido que hacía los coros era, nada más ni nada menos, que Héctor Lavoe. Después de Cheo le tocó a Héctor, y sacudiéndose toda esa aparente timidez demostró por qué es El Cantante de los Cantantes. Dueño de fuentes inagotables de carisma, terminó rodeado y cargado por la multitud extática al ritmo de Mi gente. Como cierre vino una versión sin Celia de Guantanamera y la consecuente ovación del público, demostrando lo ya archiconfirmado de que en materia de alegría la música es lengua universal.

22.4.10

La muerte del gran escritor


eyendo una recopilación de artículos publicados por Mario Vargas Llosa, un escritor que me fanatiza por lo que escribe pero con el cual discrepo en casi todas sus opiniones, me topé con un texto que amerita esta inocua respuesta. El artículo se llama La muerte del gran escritor, publicado en el español Diario El País. Consta en el libro El lenguaje de la pasión. Lo busqué para ponerlo aquí ya que los juicios (aunque esto dista mucho de serlo) in absentia no son mis favoritos, pero no lo encontré.
Vargas Llosa parte a su vez de un libro de Henri Raczymow que lleva el mismo nombre y plantea que actualmente no existe esa figura monumental del escritor consagrado e idolatrado por toda la sociedad, más específicamente la francesa. Acertadamente Vargas Llosa extiende esta conclusión a todas las sociedades y desdramatizando el lamento de Raczymow afirma que esta situación debería incentivar a los creadores de literatura en vez de conducirlos al suicidio al que el francés parece acercarse. Propone el reto de crear una literatura menos pretenciosa y más divertida para acomodarse a las condiciones actuales. En resumen esto es de lo que se habla en el artículo. No me corresponde a mi tratar el tema que un gigante como es Vargas Llosa ya expuso, por el ineludible riesgo a estropearlo. Así que recomiendo a todo el que le interese que busque el libro y lo disfrute.
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La figura del gran escritor que Raczymow y Vargas Llosa dan por muerto existe aún. ¿Cómo no podría ocupar este sitial el fantástico Gabriel García Márquez? Este colombiano creo que es el más grande escritor de la actualidad, y por sus dimensiones no creo que pierda en nada si se lo compara con monstruos de otras épocas. Que no ocupe el centro absoluto del universo como sus colegas antecesores se debe a la reestructuración del orden mundial y al lugar que a la literatura le tocó ocupar en él, más que a la extinción de esa rarísima y exótica especie (¿ornitológica?) que son los genios de la pluma.
A la literatura le ocurrió lo mismo que a la religión, sólo que por menos tiempo, por lo acelerado del ritmo mundial actual. La religión, por diez siglos, y su sucesora la literatura, por dos, fueron las directoras pasionales, las dueñas de los corazones de la visceral humanidad antigua. Después de su caída el monolítico cuerpo del poder se desparramó en miles de “nuevas vías” alternativas que antes formaban parte de esa “gran vía”, y así es como tenemos infinidad de sectas-religionoides y de corrientes literarias, al punto que hoy en día podría decirse que cada escritor es su propia corriente.
Pero como no hay bien que dure mil años, se les acabó la fiesta a los libros y empezó la de los medios audiovisuales. Son ahora ellos la Q y la K de corazones, por lo cual son sus personajes los que ocupan a la gente de a pie de la manera que antes lo hacían genios del calibre de Víctor Hugo. Tan sólo un ejemplo, compárense los funerales del novelista francés con el del cantante de pop Michael Jackson. Cierto, a los parisinos los movía la devoción por quien tal vez sea el más grande escritor en lengua francesa mientras que los millones de espectadores de todo el mundo y los miles de asistentes a esa repudiable ceremonia pública de despedida del rey del pop, no querían más que tener una morbosa anécdota que contar cuando viejos.
Los dioses han cambiado, los creyentes también. La frivolidad de este cambio es innegable pero previsible. Desde niños sabemos que el dueño del balón es quien pone las reglas. Las pusieron las naciones europeas, reducidas a provincias del imperio cristiano, en la época de la religión. Creo que la conquista de América es ejemplo esclarecedor. Y cuando le tocó el turno a la literatura vino Francia, en cuyo cielo brillaba buena parte de la constelación literaria. El poder actualmente lo ostentan otros, y esos otros no son si no, obviamente, los EEUU. Aquí se nota de nuevo cómo el frenesí al que nos hemos acostumbrado en la vida diaria lo engloba todo y lleva al mundo a cumplir en un santiamén aquel nacer-crecer-reproducirse-morir que antaño tomaba siglos. Como sabemos la potencia de los EEUU está sitiada por crisis y guerras desesperadas, y esto en menos de un siglo de imperio. (Cualquier semejanza con el discurso de un cierto político venezolano es mera coincidencia, añado en mi descargo).
Las reglas del juego de hoy son claras, hasta demasiado claras diría yo. Ser rápido y ser fácil, mandatos divinos de ese orden que ha hecho de una hamburguesa la mejor metáfora del mundo actual. La literatura obviamente no califica dentro de estos parámetros, como no calificó la religión en los durísimos exámenes de raciocinio y lógica que le impuso la literatura. Hago una aclaración que espero sea innecesaria, porque quien lea esto y encuentre obvio lo que voy a decir es quien me está entendiendo de verdad. Al decir literatura me refiero a aquellos textos que no nacen del afán de lucrar, aquellos textos que no diría que son minoritarios actualmente pero sí que han sufrido un ataque inmisericorde de la escritura edulcorada y facilista. Ese ejército de escribidores es la fuerza de choque del poder que se contrapone fieramente a la literatura “auténtica”. Las comillas por la ambigüedad del término. Otra vez me fío de la complicidad del hipotético lector porque es ésta siempre una herramienta más poderosa que la habilidad del más ducho usuario del diccionario.
En efecto, como dice Vargas Llosa, no hay que desgarrarse las vestiduras ni darle a esta situación el patetismo que Raczymow le imprime. De todas maneras, hasta en su época de esplendor la literatura fue privilegio de una élite social que podía pagarla si bien no siempre entenderla. Como la religión fue de nobles que la versionaban y se la vendían al pueblo calculando siempre el beneficio posterior. Y como ahora los ya citados medios audiovisuales pertenecen a grupos multimillonarios obviamente minoritarios, con tan solo contadas y admirables excepciones, como la Radio Bemba. Curiosamente los encumbrados al poder lo han perdido cuando se han democratizado. Cuando, tal vez con afán lúdico, se sacudieron de su elitismo y jugaron a ser pueblo. La Iglesia y posteriormente la Academia fueron maestros sobresalientes que crearon alumnos brillantes que queriendo entrar en ellas las terminaron destruyendo, porque no fue ningún tiranuelo quien acabó con la hegemonía de la literatura ni tampoco ningún hereje con la de la religión. Fueron siempre gente de sus propias filas las encargadas de darles el toque de gracia. El eterno y siempre espinoso parricidio, el método que la humanidad hizo suyo en su afán de ir hacia adelante. Si la ecuación continúa válida, serán las mismas alas alternativas que se mueven subrepticiamente dentro de las instituciones establecidas las encargadas de tumbar al coloso y dejar vía libre para una nueva (ojo, nueva. No mejor, solamente nueva.) estructuración mundial. Pero eso ya es vino de otro barril.